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Efemérides | Calendario anticomunista: efemérides de octubre

Las efemérides de octubre abordan el origen del poder soviético, su expansión y las respuestas críticas desde la política y la cultura.

Calendario anticomunista. Efemérides de octubre. Boris Pasternak, monumento a víctimas de campos de trabajo soviéticos (Muzeon), China invade el Tíbet, queman estrella roja y estatua de Stalin derribada (Hungría, 1956), China de Mao Zedong.
Calendario anticomunista. Efemérides de octubre. Boris Pasternak, monumento a víctimas de campos de trabajo soviéticos (Muzeon), China invade el Tíbet, queman estrella roja y estatua de Stalin derribada (Hungría, 1956), China de Mao Zedong.

Efemérides de octubre

Octubre incluye algunos de los momentos decisivos en que el comunismo extendió su dominio y otros en que comenzó a perderlo. Mao proclamó la República Popular China y, un año después, sus tropas invadieron el Tíbet. En Cuba, el castrismo nacionalizó las grandes empresas y la banca, mientras la Crisis de los Misiles convirtió a la isla en escenario de una confrontación capaz de desencadenar una guerra nuclear.

El mes recuerda también a quienes desafiaron ese poder. Los húngaros se levantaron contra la dominación soviética; Boris Pasternak sufrió la persecución del régimen por recibir el Premio Nobel; y decenas de miles de alemanes orientales tomaron las calles de Leipzig al grito de “Nosotros somos el pueblo”. En España, los primeros asesinatos del GRAPO mostraron otra expresión de la violencia revolucionaria.

Octubre deja imágenes que atraviesan los tiempos, como el cuerpo de Stalin retirado en secreto del mausoleo, una novela como Doctor Zhivago que sobrevivió a la censura y multitudes que perdieron el miedo. Entre invasiones, expropiaciones, terrorismo y resistencia, estas fechas recuerdan que ningún poder consigue sepultar para siempre la verdad, la memoria ni el deseo de libertad.



► DEL 1 AL 10 DE OCTUBRE

La victoria de Mao en la guerra civil instaura una dictadura de partido único en el país más poblado del mundo y transforma el equilibrio de la Guerra Fría.

El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong apareció en la tribuna de la Puerta de Tiananmén y proclamó la República Popular China ante una multitud concentrada en el centro de Pekín. Sonó entonces el nuevo himno nacional de China, la Marcha de los Voluntarios. La ceremonia incluyó una salva de veintiún cañonazos y el izado de la nueva bandera: un fondo rojo con una gran estrella amarilla, en representación del Partido Comunista, en torno a la cual brillan otras cuatro estrellas que simbolizan las cuatro clases sociales (trabajadores, campesinos, la pequeña burguesía y la burguesía urbana). Se presenció entonces el primer desfile del Ejército Popular de Liberación, brazo militar del Partido Comunista. Después de más de dos décadas de guerra civil, interrumpida por la invasión japonesa, el Partido Comunista Chino empezaba a gobernar el país más poblado del mundo.

Frente a Mao se extendía la plaza que pronto se convertiría en el principal escenario simbólico del nuevo poder. El dirigente nacionalista Chiang Kai-shek y buena parte de su Gobierno se habían refugiado en Taiwán, mientras los comunistas controlaban ya casi todo el territorio continental. La victoria proporcionaba a la Unión Soviética un aliado de enorme peso en Asia y transformaba el equilibrio de la Guerra Fría.

En Washington y otras capitales occidentales, la caída de China en manos comunistas fue interpretada como uno de los grandes reveses estratégicos después de la Segunda Guerra Mundial.

Diez días antes, durante la apertura de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, Mao había presentado la revolución como el renacimiento de una nación sometida durante generaciones a potencias extranjeras. También dejó claro que el nuevo Estado no admitiría una competencia política real. El poder se organizaría alrededor de lo que denominó una “dictadura democrática popular”, dirigida por el Partido Comunista y apoyada en el Ejército.

En aquel discurso del 21 de septiembre, Mao resumió el significado que atribuía a la victoria:

“El pueblo chino, que constituye una cuarta parte de la humanidad, se ha puesto en pie”.

Pero también describió sin ambigüedades la función coercitiva que reservaba al nuevo Estado:

“Nuestro régimen estatal de dictadura democrática popular es una poderosa arma para preservar las conquistas de la revolución popular y combatir los complots de restauración de los enemigos internos y externos; tenemos que empuñar firmemente esta arma. En el plano internacional, debemos unirnos con todos los países y pueblos amantes de la paz y la libertad, en primer lugar con la Unión Soviética...”

Su liderazgo tomaba una aspiración nacional compartida por millones de personas después de décadas de invasiones, pobreza y fragmentación. Pero pronto el régimen convirtió aquella esperanza en obediencia política. Las campañas contra los llamados “contrarrevolucionarios”, la reforma agraria y las depuraciones de funcionarios, empresarios, religiosos e intelectuales estuvieron acompañadas de encarcelamientos y ejecuciones. La represión de los primeros años causó centenares de miles de muertes.

A finales de la década siguiente, el Gran Salto Adelante intentó acelerar por la fuerza la transformación comunista del campo y de la industria. Las comunas, las requisas de alimentos, las cifras de producción falsificadas y la persecución de quienes advertían del desastre contribuyeron a una hambruna gigantesca. Las estimaciones históricas oscilan ampliamente, aunque numerosos estudios sitúan las muertes en varias decenas de millones. Solamente el coste humano del Gran Salto Adelante fue incalculable, según datos de la Association for Asian Studies:

“Entre 1960 y 1962, se estima que treinta millones de personas murieron de hambre en China, más que en cualquier otra hambruna registrada en la historia de la humanidad. Lo más trágico es que este desastre era en gran medida evitable. El programa, irónicamente llamado Gran Salto Adelante, se suponía que sería la culminación espectacular del programa de Mao Zedong para transformar China en un paraíso comunista. En 1958, el presidente Mao lanzó una campaña radical para superar en producción a Gran Bretaña, cuna de la Revolución Industrial, y al mismo tiempo lograr el comunismo antes que la Unión Soviética. Pero el afán fanático por alcanzar objetivos poco realistas condujo a un fraude e intimidación generalizados, que no culminaron en una producción récord, sino en la hambruna...”

También el nuevo régimen buscó proyectar su revolución más allá de sus fronteras. En febrero de 1950, Pekín y Moscú firmaron el Tratado Sino-Soviético de Amistad, Alianza y Asistencia Mutua; en octubre de ese año el Ejército Popular de Liberación entró en el Tíbet. La guerra de Corea convertiría rápidamente a la República Popular en actor militar internacional. Mao pasó a presentarse no solo como dirigente nacional, sino como referencia revolucionaria para movimientos comunistas y guerrillas de Asia, África y América Latina (como el grupo terrorista Sendero Luminoso en Perú), con resultados igualmente trágicos.

La proclamación celebrada en Tiananmén abrió así una época en la que la recuperación de la soberanía china quedó unida al monopolio del Partido Comunista y a algunos de los experimentos sociales más destructivos del siglo XX.

Fuentes: Encyclopaedia Britannica, “Establishment of the People’s Republic of China”; El Orden Mundial, “Así fue la proclamación de la República Popular China”; Association for Asian Studies, “China’s Great Leap Forward”; Árbol Invertido, “Mao Zedong y la absurda guerra contra los gorriones en China comunista”; Mao Zedong, “The Chinese People Have Stood Up!”.


1 octubre 1975 — España, Madrid. Primeros asesinatos del GRAPO

Varios policías son asesinados en Madrid por comandos vinculados al comunismo marxista-leninista y maoísta durante los últimos meses del franquismo.

La mañana del 1 de octubre de 1975, varios comandos atacaron de manera coordinada a miembros de la Policía Armada que vigilaban oficinas bancarias en distintos puntos de Madrid. Joaquín Alonso Bajo, Agustín Ginés Navarro y Antonio Fernández Ferreiro murieron ese día. Miguel Castilla Martín, agente de 31 años herido por disparos de escopeta en una sucursal de la calle Valmojado, falleció el 8 de octubre en el hospital La Paz.

Los responsables adoptaron como nombre la fecha de los atentados: Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre, GRAPO. La denominación no marcaba, sin embargo, el comienzo absoluto de su actividad violenta. En los meses anteriores ya se habían producido ataques atribuidos al mismo entorno clandestino. El 1 de octubre funcionó como presentación pública y como emblema fundacional de la organización.

España atravesaba las últimas semanas de la dictadura de Francisco Franco. Cuatro días antes habían sido fusilados tres militantes del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota, FRAP, y dos miembros de ETA político-militar. Mientras amplios sectores de la oposición buscaban una transición hacia la democracia, los futuros GRAPO defendían una insurrección destinada a instaurar una dictadura comunista de orientación marxista-leninista y maoísta.

La organización estaba vinculada al Partido Comunista de España (reconstituido), nacido en 1975 del entorno de la Organización de Marxistas-Leninistas de España. Sus dirigentes consideraban al Partido Comunista de España tradicional una organización “revisionista” y rechazaban la democracia parlamentaria como una forma de dominación burguesa. Los asesinatos, secuestros, atracos y atentados con explosivos eran concebidos como instrumentos de una guerra revolucionaria prolongada.

No aspiraban a una democracia pluralista para suceder a Franco, sino que pretendían instaurar un régimen comunista. Su apego al terrorismo se basaba incluso en la táctica brutal de clásicos del comunismo:

“Es cierto que Lenin criticó al terrorismo individual, aunque no en la misma forma que lo hacen ahora los oportunistas, sino destacando los aspectos positivos y poniendo en claro todo lo malo que el terrorismo llevaba consigo. Lenin fue un gran admirador y él mismo se consideraba un alumno de los viejos terroristas rusos, y predicaba el gran espíritu revolucionario que llevó a estos a la lucha. Pero, ante todo, el problema del terrorismo individual lo atacaba Lenin por cuanto suponía un derroche de energías revolucionarias que iba en detrimento de la organización para la lucha de las grandes masas. Además, Lenin atacaba el terrorismo cuando éste era, efectivamente, individual y, por tanto, más que contribuir a la organización de los revolucionarios y a esclarecer a las masas, ofuscaba su mente”.

En textos del propio entorno del GRAPO, la violencia letal aparecía como instrumento central de su programa político, como muestra el texto “Sobre los métodos de lucha”:

“Adoptar el ataque abierto en lugar de la táctica pasiva de la lucha de barricadas y compensar las desventajas con otros factores, como la sorpresa, la combinación de los ataques armados con las huelgas políticas de masas, la formación de pequeños destacamentos móviles, etc., tales son las características principales de la nueva táctica y de la técnica insurreccional adecuada a nuestras condiciones”.

Con el paso de los años, los nombres de las víctimas quedaron frecuentemente oscurecidos por las teorías, siglas y disputas políticas alrededor de la banda. Sin embargo, el 1 de octubre de 1975 fueron cuatro familias concretas las que recibieron la noticia de que un padre, esposo o hijo había sido abatido mientras trabajaba. Esa dimensión humana permite comprender lo que significaba convertir el asesinato en una forma de propaganda.

Según la Fundación Víctimas del Terrorismo, el GRAPO asesinó a 93 personas y fue una de las organizaciones terroristas más mortíferas de Europa occidental. Su actividad se prolongó durante tres décadas, aunque nunca consiguió la base social con la que pretendía justificar su violencia. La Transición avanzó hacia elecciones, partidos legales y una Constitución democrática, mientras el grupo continuaba combatiendo precisamente esas libertades en nombre de una revolución que la inmensa mayoría de la sociedad española no deseaba. Su historia pertenece a la genealogía del terrorismo comunista europeo de la segunda mitad del siglo XX.

Fuentes: Fundación Víctimas del Terrorismo, “Atentados del GRAPO”; Fundación Víctimas del Terrorismo, “Número 92”; Archivo de la Transición, “Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre”; RTVE, “Los GRAPO: 50 años del atentado que bautizó a la organización”; Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, “Cincuenta años de plomo”.


7 octubre 1950 — Tíbet, Chamdo. Comienza la invasión de la China comunista

El Ejército Popular de Liberación ataca Chamdo e inicia la ocupación militar y la subordinación política del Tíbet a la China de Mao.

En la madrugada del 7 de octubre de 1950, unidades del Ejército Popular de Liberación cruzaron el río Drichu y avanzaron desde varias direcciones sobre Chamdo, capital administrativa del Tíbet oriental. Pekín había hablado de una futura “liberación pacífica”, pero envió decenas de miles de soldados contra una fuerza tibetana mucho menor, mal equipada y sin aliados dispuestos a intervenir.

La ofensiva se produjo apenas un año después de la proclamación de la República Popular China. Desde la caída de la dinastía Qing en 1911, el Gobierno tibetano había ejercido una independencia de hecho, con autoridades, ejército, moneda y relaciones exteriores propios. Mao Zedong consideraba indispensable someter el territorio para completar la construcción del nuevo Estado comunista y asegurar una extensa frontera asiática.

Al frente de la administración regional se encontraba Ngabo Ngawang Jigme, gobernador de Chamdo. Sus fuerzas fueron rodeadas y derrotadas en pocos días. Una publicación de la Administración Central Tibetana cifra en unos 40.000 los soldados chinos que participaron en la ofensiva, frente a unos 8.000 militares y milicianos tibetanos, y sostiene que más de 4.000 combatientes tibetanos murieron. Ngabo fue capturado y posteriormente integrado en la delegación enviada a negociar con Pekín.

El 23 de mayo de 1951, los representantes tibetanos firmaron el llamado Acuerdo de los Diecisiete Puntos. El documento prometía conservar el sistema político existente, respetar la posición del Dalái Lama y proteger la libertad religiosa, pero colocaba la defensa del territorio bajo control chino y autorizaba la entrada del Ejército Popular de Liberación. Su primer punto formulaba el dominio de Pekín:

“El pueblo tibetano se unirá y expulsará del Tíbet a las fuerzas agresoras imperialistas; el pueblo tibetano regresará a la gran familia de la madre patria, la República Popular China”.

La presencia militar fue seguida por una intervención creciente sobre el Gobierno, los monasterios y la vida económica. La resistencia se extendió durante la década de 1950 y desembocó en el levantamiento de Lhasa de marzo de 1959. Tras su derrota, el decimocuarto Dalái Lama huyó a India acompañado por miles de refugiados. Pekín disolvió el Gobierno tibetano y aceleró las reformas políticas y sociales impuestas por el Partido Comunista.

Los monasterios sufrirían después una destrucción masiva, especialmente durante la Revolución Cultural. La enseñanza, la práctica religiosa y la expresión política quedaron sometidas a una vigilancia permanente.

En 1987, al presentar su Plan de Paz de Cinco Puntos ante el Congreso de Estados Unidos, el Dalái Lama describió la situación creada por el dominio del Partido Comunista:

“Privados de todos los derechos y libertades democráticas fundamentales, los tibetanos viven bajo una administración colonial en la que todo el poder verdadero es ejercido por funcionarios chinos del Partido Comunista y del Ejército”.

Para el régimen comunista de Pekín, según su propaganda, la batalla de Chamdo fue la recuperación de un territorio chino; para los tibetanos exiliados, el comienzo de una ocupación militar y de una política destinada a someter su identidad nacional, cultural y religiosa.

Fuentes: Administración Central Tibetana, “Tibet Was Never a Part of China”; Administración Central Tibetana, “A 60-Point Commentary”; Administración Central Tibetana, “Tibet Under Communist China: 50 Years”; Dalái Lama, Plan de Paz de Cinco Puntos; Administración Central Tibetana, “The Tibet Occupation at 75: An Interview with Penpa Tsering”; Administración Central Tibetana, “Facts About the 17-Point Agreement”; Administración Central Tibetana, “70 Years of Occupation and Oppression”; Tibet Museum, materiales sobre la ocupación y el exilio.


7 octubre 1989 — RDA. Grandes protestas eclipsan el 40 aniversario del régimen

Desfiles y ceremonias por el 40 aniversario de la RDA coinciden con protestas, detenciones y una crisis que el régimen ya no consigue ocultar.

El 7 de octubre de 1989, la República Democrática Alemana celebró su 40 aniversario con desfiles militares, banderas, recepciones oficiales y una ceremonia solemne en el Palacio de la República, en Berlín Oriental. Erich Honecker, secretario general del Partido Socialista Unificado, contemplaba las formaciones juveniles y los actos propagandísticos como si el Estado comunista conservara la estabilidad de décadas anteriores. Fuera de aquel escenario, miles de ciudadanos exigían libertad de expresión, derecho a viajar y elecciones democráticas.

La crisis había adquirido una velocidad inesperada. Durante el verano, numerosos alemanes orientales buscaron refugio en las embajadas de la República Federal en Praga, Varsovia y Budapest. El 11 de septiembre, Hungría abrió su frontera con Austria y permitió que miles de ellos cruzaran hacia Occidente. Mientras el Gobierno de la RDA denunciaba una conspiración extranjera, las manifestaciones crecían en Leipzig, Dresde, Plauen y Berlín Oriental.

Mijaíl Gorbachov asistió a los festejos como invitado principal. Las reformas emprendidas por el dirigente soviético —la “perestroika” y la “glásnost”— contrastaban con la rigidez de Honecker, que se negaba a reconocer la profundidad del descontento. Algunos asistentes recibieron al visitante con gritos de “¡Gorbi, ayúdanos!”, una súplica insólita en una ceremonia diseñada para glorificar al Estado alemán oriental.

Aquel día, más de 10.000 personas se concentraron en Plauen, una ciudad de unos 80.000 habitantes. La policía empleó porras, perros y un camión con cañón de agua, pero no consiguió disolver completamente la marcha. En Berlín Oriental, los manifestantes se reunieron cerca de Alexanderplatz y avanzaron hacia el Palacio de la República. Unidades de la Policía Popular y de la Stasi los golpearon, los arrastraron hasta vehículos policiales y practicaron centenares de detenciones.

Durante sus conversaciones con la dirección del Partido Socialista Unificado, Gorbachov advirtió que ningún sistema podía ignorar indefinidamente los cambios de la sociedad. La frase se difundió después en una versión resumida que se convirtió en emblema de aquellos días:

“La vida castiga a quienes llegan demasiado tarde”.

Mientras la televisión estatal mostraba desfiles, uniformes y delegaciones extranjeras, en las comisarías varios detenidos eran insultados, golpeados y obligados a permanecer durante horas de pie o con el rostro contra la pared. La conmemoración destinada a demostrar la fortaleza de la RDA terminó revelando su aislamiento. Once días después, Honecker fue apartado del poder; el 9 de noviembre se abrió el Muro de Berlín.

Fuentes: Fundación Federal para el Estudio de la Dictadura Comunista en Alemania, “Calendario histórico: octubre de 1989”, “From the Peaceful Revolution to German Unity”; German History in Documents and Images, “The Triumph of Nonviolence in Leipzig”; Revolution 89, “Nosotros somos el pueblo”; revolution89.de, archivos sobre octubre de 1989.


9 octubre 1989 — RDA, Leipzig. Una manifestación de 70.000 personas desafía al régimen

Una gran multitud marcha pacíficamente por Leipzig y demuestra que la dictadura comunista ya no puede contener la movilización ciudadana.

La tarde del 9 de octubre de 1989, miles de personas comenzaron a reunirse alrededor de la iglesia luterana de San Nicolás, en el centro de Leipzig. Dentro del templo se celebraban las habituales “oraciones por la paz”, convertidas desde comienzos de la década en punto de encuentro de pacifistas, cristianos, objetores del servicio militar, ambientalistas y defensores de los derechos humanos. Afuera esperaban policías, soldados y agentes de la Stasi.

En una dictadura donde toda reunión política independiente estaba prohibida o vigilada, las iglesias protestantes funcionaban como uno de los pocos espacios relativamente tolerados para reunirse. Al terminar las oraciones, cada lunes, muchas personas comenzaban a permanecer en la calle. Primero fueron pequeños grupos de disidentes. Después, iban acudiendo cada vez más personas. La policía, la Stasi y grupos progubernamentales rodeaban frecuentemente la zona, identificaban participantes, realizaban arrestos y trataban de intimidar a quienes asistían. 

Este día, el temor a una matanza era real. Cuatro meses antes, el Ejército chino había aplastado las protestas de Tiananmén. La prensa oficial de la RDA había justificado aquella represión y, el 6 de octubre, un diario de Leipzig publicó una amenaza de grupos paramilitares dispuestos a frenar las acciones “contrarrevolucionarias” incluso “con las armas en la mano”. Los hospitales prepararon camas y reservas de sangre; algunos médicos recibieron órdenes de permanecer en sus puestos.

Entre quienes intentaron impedir la violencia se encontraba Kurt Masur, director de la Orquesta de la Gewandhaus. Junto con el teólogo Peter Zimmermann, el artista Bernd-Lutz Lange y tres dirigentes locales del Partido Socialista Unificado, grabó un llamamiento que fue difundido por la radio de la ciudad. El texto pedía serenidad y prometía promover un diálogo político.

“Necesitamos un diálogo libre y pacífico sobre la continuación del socialismo en nuestro país”.

Después de las oraciones, la multitud comenzó a recorrer el anillo que rodea el centro de Leipzig. Los cálculos iniciales quedaron desbordados: alrededor de 70.000 personas avanzaban frente a edificios públicos, cámaras ocultas y unidades armadas. Muchos levantaban velas, un objeto que obligaba a proteger la llama con ambas manos y hacía más difícil empuñar piedras o golpear. Otros coreaban “¡No a la violencia!” y “Wir sind das Volk”: “Nosotros somos el pueblo”.

Las fuerzas de seguridad no recibieron una orden clara de atacar. Algunos mandos locales comprendieron que la multitud era demasiado numerosa y que una intervención podía provocar una matanza de consecuencias imprevisibles. Los manifestantes pasaron frente a la sede de la Stasi sin asaltarla y completaron la marcha sin que se produjera la represión temida.

Se había roto el dique. Poco después, el 4 de noviembre de 1989, ante más de medio millón de personas reunidas en Alexanderplatz, en Berlín Oriental, el escritor socialista Stefan Heym empezó su discurso con una imagen que condensaba la sensación de liberación tras décadas de inmovilismo y represión:

“Queridos amigos, conciudadanos: es como si alguien hubiera abierto las ventanas después de todos estos años de estancamiento espiritual, económico y político; años de torpeza y aire viciado, de fraseología y arbitrariedad burocrática, de ceguera y sordera oficiales. ¡Qué cambio!”

A partir de aquel momento, las manifestaciones crecieron rápidamente en otras ciudades. Una semana después, más de 100.000 personas marcharon en Leipzig; el 23 de octubre fueron unas 300.000. La revolución pacífica se extendió a otras ciudades y, exactamente un mes después de aquella noche de velas, miedo y determinación, cayó el Muro de Berlín.

Fuentes: Fundación Federal para el Estudio de la Dictadura Comunista en Alemania, “9 de octubre de 1989: la manifestación de Leipzig marca un punto de inflexión”; German History in Documents and Images, “The Triumph of Nonviolence in Leipzig”; Ayuntamiento de Leipzig, “Peace Prayers”; Revolution 89, “Nosotros somos el pueblo”.


► DEL 11 AL 20 DE OCTUBRE

13 octubre 1960 — Cuba, La Habana. El castrismo nacionaliza las grandes empresas y la banca

Las leyes 890 y 891 expropian grandes empresas industriales y comerciales y nacionalizan la banca, ampliando el dominio estatal sobre la economía cubana.

El 13 de octubre de 1960, el Consejo de Ministros cubano aprobó las leyes 890 y 891, dos disposiciones que trasladaron al Estado una parte decisiva de la economía nacional. La Ley 890 ordenó la expropiación forzosa de grandes empresas industriales y comerciales; la 891 declaró la actividad bancaria una función pública y dispuso la nacionalización de la banca privada cubana.

Desde comienzos de aquel año, el nuevo poder había intervenido refinerías, confiscado propiedades estadounidenses y multiplicado las reformas económicas bajo el lenguaje de la “justicia revolucionaria”. Octubre, sin embargo, marcó un salto cualitativo: ya no se trataba de expropiaciones puntuales, sino de un asalto completo a la estructura económica nacional. Mientras el Gobierno absorbía empresas y propiedades, también avanzaban la censura, las purgas y los tribunales revolucionarios. 

No se trataba únicamente de propiedades estadounidenses. Las medidas afectaron fábricas, centrales azucareros, almacenes, ferrocarriles, destilerías, comercios y bancos pertenecientes a empresarios cubanos. Interventores nombrados por el Gobierno ocuparon oficinas, examinaron libros de contabilidad y sustituyeron a propietarios y administradores. En muchos centros de trabajo, la noticia llegó mediante concentraciones organizadas por las nuevas autoridades y los sindicatos controlados por el poder revolucionario.

La Ley 890 justificó las confiscaciones mediante un lenguaje de lucha de clases. Identificaba el poder económico independiente como una amenaza política y presentaba la propiedad privada de grandes empresas como un obstáculo para la revolución. Su finalidad declarada era:

“Liquidar definitivamente el poder económico de los intereses privilegiados que conspiran contra el pueblo”.

La Ley 891 estableció que las operaciones bancarias solo podrían ser realizadas por organismos creados por el Estado. El Banco Nacional de Cuba se convirtió en sucesor de las entidades confiscadas y concentró el crédito, los depósitos y las decisiones financieras. Quedaron exceptuadas inicialmente dos instituciones canadienses —el Royal Bank of Canada y el Bank of Nova Scotia—, adquiridas posteriormente por el Gobierno cubano.

Fidel Castro explicó en una comparecencia televisiva que el término “nacionalizar” no significaba proteger empresas cubanas frente a intereses extranjeros, sino convertir en propiedad estatal bienes que hasta entonces pertenecían a ciudadanos y sociedades privadas:

“Nacionalizar quiere decir pasar a poder de la nación. Eran empresas privadas de ciudadanos o de entidades cubanas”.

A la estatización económica se sumaban la intervención de medios de prensa, la depuración de funcionarios, la reducción de los espacios políticos independientes y el acercamiento acelerado a la Unión Soviética. Ocho años después, la “Ofensiva Revolucionaria” confiscó 55.636 pequeños negocios, desde barberías y cafeterías hasta talleres, puestos callejeros y sillones de limpiabotas. Las leyes de octubre de 1960 habían abierto el camino hacia una economía donde el Estado sería propietario, empleador, prestamista y administrador exclusivo. El objetivo era eliminar todo espacio privado hasta completar el monopolio estatal comunista.

Fuentes: Departamento de Justicia de Estados Unidos, decisión de la Foreign Claims Settlement Commission sobre la Ley 891; Tribunal Supremo de Estados Unidos, “First National City Bank v. Banco para el Comercio Exterior de Cuba”; Encyclopaedia Britannica, “Cuba”; Árbol Invertido, “Birán, la ciudad prohibida de Fidel Castro”.


14 octubre 1964 — Unión Soviética, Moscú. La cúpula comunista destituye a Nikita Jrushchov

Una conspiración dentro del Partido Comunista aparta al impulsor de la desestalinización y entrega el poder soviético a una nueva dirección encabezada por Leonid Brézhnev.

El 14 de octubre de 1964, el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética destituyó a Nikita Jrushchov como primer secretario del partido y presidente del Consejo de Ministros. El dirigente se encontraba de vacaciones en Pitsunda, junto al mar Negro, cuando recibió una llamada que lo obligó a regresar precipitadamente a Moscú. Al llegar encontró a sus antiguos colaboradores preparados para expulsarlo.

Leonid Brézhnev, Alekséi Kosygin, Mijaíl Súslov y otros miembros de la dirección habían organizado la conspiración durante meses. Acusaban a Jrushchov de improvisación económica, decisiones administrativas caóticas, deterioro de la agricultura, ruptura con China y conducción personalista de la política exterior. También pesaban el fracaso de la instalación secreta de misiles en Cuba y la humillación sufrida al tener que retirarlos en 1962.

Durante la extensa reunión del Presídium, Jrushchov escuchó reproches de quienes hasta entonces lo habían elogiado. Su intento de defenderse no encontró apoyos suficientes. Entre los hechos más destacados de su política interna estuvo la denuncia, en 1956, de parte de los crímenes del estalinismo en su célebre “discurso secreto” ante el XX Congreso del Partido Comunista. Ahora, a diferencia de las luchas por el poder bajo Stalin, su derrota no terminaría en una detención o una ejecución. Aceptó retirarse y, según recuerdos posteriores, admitió que la posibilidad de ser apartado sin derramamiento de sangre era un logro suyo, uno de los cambios producidos tras la muerte de Stalin.

El comunicado oficial ocultó la conspiración tras una fórmula burocrática. Se informó que el Comité Central había aceptado la solicitud de Jrushchov de abandonar sus cargos:

“Debido a su avanzada edad y al deterioro de su salud”.

En su mandato había permitido cierta apertura cultural, aunque nunca puso en duda el monopolio comunista. Bajo su Gobierno, los tanques soviéticos aplastaron la Revolución Húngara, continuó la persecución de disidentes y creyentes, y en 1962 tropas dispararon contra trabajadores que protestaban en Novocherkassk. La desestalinización que impulsó había limitado algunos mecanismos del terror, pero sin establecer libertades democráticas.

Años después, ya apartado del poder, Jrushchov reconoció ante el dramaturgo soviético Nikolái Shatrov su propia responsabilidad dentro del sistema estalinista. La frase aparece citada por William Taubman en Khrushchev: The Man and His Era:

“Tengo los brazos cubiertos de sangre hasta los codos. Eso es lo más terrible que llevo en el alma”.

Brézhnev ocupó la jefatura del partido y Kosygin la presidencia del Gobierno, mientras Jrushchov fue enviado a una jubilación vigilada, apartado de la prensa y de la vida pública. Su sucesión demostró que, aunque la desestalinización hubiera modificado el modo de resolver disputas dentro de la élite, se mantenía inalterable la esencia del poder totalitario. Así, en una superpotencia nuclear, el gobernante podía ser elegido y destituido en reuniones secretas del partido único, sin ninguna intervención de la ciudadanía.

Fuentes: MIT Press, “You Don’t Know Khrushchev Well: The Ouster of the Soviet Leader”; Office of the Historian del Departamento de Estado, “Khrushchev and the Twentieth Congress”; PBS, “Biography: Nikita Khrushchev”; “Secret Speech” de Nikita Jrushchov; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “Khrushchev’s Downfall and Its Consequences: October 1964”; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “Telegram From the Embassy in the Soviet Union to the Department of State”; Encyclopaedia Britannica, “Nikita Khrushchev”; Árbol Invertido, “Alain Besançon: ‘El imperio de la falsedad’”.


16 octubre 1964 — China, Lop Nur. Primera prueba nuclear de la China comunista

La primera detonación atómica china convierte al régimen de Mao en la quinta potencia nuclear y agrava las tensiones militares a nivel mundial.

A las tres de la tarde del 16 de octubre de 1964, una bomba de fisión explotó sobre una torre en el polígono de Lop Nur, en la región de Xinjiang. La bola de fuego, la nube en forma de hongo y la onda expansiva anunciaban que la República Popular China se había convertido en la quinta potencia nuclear del mundo, después de Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia.

Un reporte de la agencia oficial Xinhua presentó la detonación como un triunfo del socialismo chino frente al monopolio nuclear de otras grandes potencias:

“China detonó una bomba atómica a las 15:00 horas del 16 de octubre de 1964, llevando a cabo con éxito su primera prueba nuclear. Este fue un logro trascendental del pueblo chino en su lucha por fortalecer su defensa nacional y oponerse a la política imperialista estadounidense de chantaje nuclear y amenazas nucleares”.

Aquel programa nuclear había recibido inicialmente asistencia soviética, pero la cooperación terminó cuando se agravó la ruptura entre Mao Zedong y Nikita Jrushchov. Pekín continuó el proyecto con sus propios científicos, instalaciones secretas y recursos nacionales. Para Mao, la posesión del arma significaba prestigio internacional, capacidad de disuasión y autonomía frente a las dos superpotencias.

En una reunión del Politburó celebrada en abril de 1956, Mao había explicado con claridad la lógica que guiaba el proyecto:

“No solo tendremos más aviones y artillería, sino también la bomba atómica. En el mundo de hoy, si no queremos que nos intimiden, tenemos que poseerla”.

Mao Zedong consideraba que difícilmente una guerra nuclear significaría el fin de la humanidad, o al menos así lo daba a entender, quizás para transmitir que no tendrían miedo al uso de armas nucleares. En 1969, durante conversaciones diplomáticas entre China y la Unión Soviética, el primer ministro Zhou Enlai recordó una discusión anterior de Mao Zedong con Jawaharlal Nehru sobre una posible guerra nuclear. Según registro diplomático estadounidense, Mao había respondido al temor de aniquilación con una frase brutal, donde presentaba la muerte de media humanidad como un coste asumible si con ello desaparecía el imperialismo:

“Tuve una discusión con Nehru sobre la guerra nuclear [en 1954]. En este sentido, él es más pesimista que yo. Le dije que si la mitad de la humanidad es destruida, la otra mitad seguirá existiendo, pero el imperialismo habrá sido completamente aniquilado…”

La detonación de aquel día, conocida como Proyecto 596, tuvo una potencia aproximada de 22 kilotones, comparable a las bombas utilizadas contra Japón en 1945. Zhou Enlai comunicó el éxito a Mao y posteriormente lo anunció ante miles de personas reunidas en el Gran Palacio del Pueblo. El Gobierno emitió ese mismo día una declaración en la que defendía la prohibición mundial de las armas nucleares y prometía que China nunca sería la primera en utilizarlas.

“China no será, en ningún momento ni bajo ninguna circunstancia, la primera en usar armas nucleares”.

Aquella promesa convivía con la entrada del país en la carrera armamentística. En junio de 1967, menos de tres años después, China detonó su primera bomba de hidrógeno. Las pruebas continuaron en Lop Nur hasta 1996. Según estimaciones recogidas por el Organismo Internacional de Energía Atómica, el programa chino realizó 45 ensayos atmosféricos y subterráneos, con una potencia conjunta de alrededor de 18 megatones.

El ensayo fue celebrado como una victoria del socialismo chino en momentos en que el país salía de la hambruna provocada por la campaña del Gran Salto Adelante y se aproximaba a la Revolución Cultural. Resultaba un contraste contundente, porque un régimen incapaz de garantizar alimentos y libertades básicas a millones de ciudadanos había concentrado científicos, uranio, fábricas y enormes recursos en construir un arma de destrucción masiva.

Fuentes: Internet History Sourcebooks Project, Fordham University, declaración oficial china tras la primera prueba nuclear de 1964; Atomic Heritage Foundation / National Museum of Nuclear Science & History, “Chinese Nuclear Program”; National Security Archive, George Washington University, “China’s First Nuclear Test, 1964”; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “Memorandum of Conversation”; Organismo Internacional de Energía Atómica, “Estimation of Global Inventories of Radioactive Waste”; The American Presidency Project, declaración de Lyndon B. Johnson sobre la primera bomba china.


► DEL 21 AL 31 DE OCTUBRE

23 octubre 1956 — Hungría, Budapest. Comienza la Revolución Húngara

Una manifestación estudiantil desencadena una insurrección nacional contra la dictadura comunista y la dominación soviética de Hungría.

La tarde del 23 de octubre de 1956, estudiantes universitarios marcharon por Budapest en solidaridad con los trabajadores polacos de Poznań y las reformas emprendidas en Polonia, para reclamar cambios semejantes en Hungría. La concentración comenzó junto a la estatua del general Józef Bem, héroe de las revoluciones polaca y húngara de 1848. Lo que empezó con unos miles de jóvenes se convirtió en una manifestación de alrededor de 200.000 personas frente al Parlamento.

Los estudiantes habían redactado dieciséis demandas, donde se destacaban: retirada de las tropas soviéticas, elecciones libres, libertad de prensa, derecho de huelga, reorganización de la economía y regreso del comunista reformista Imre Nagy al Gobierno. También exigían retirar los símbolos estalinistas. En las calles comenzaron a aparecer banderas húngaras con un agujero en el centro, después de que los manifestantes recortaran el escudo comunista impuesto por el régimen.

Algunas de las 16 demandas expresaban sin rodeos el objetivo nacional de la protesta:

“1. Exigimos la evacuación inmediata de todas las tropas soviéticas, de conformidad con lo dispuesto en el Tratado de Paz.

5. Exigimos elecciones generales por voto universal y secreto en todo el país para elegir una nueva Asamblea Nacional, con la participación de todos los partidos políticos. Exigimos que se reconozca el derecho de los trabajadores a la huelga.

12. Exigimos el pleno reconocimiento de la libertad de opinión y de expresión, de la libertad de prensa y de radio, así como la creación de un periódico diario para la Organización MEFESZ (Federación Húngara de Asociaciones de Estudiantes Universitarios y de Educación Superior).

13. Exigimos que la estatua de Stalin, símbolo de la tiranía estalinista y la opresión política, sea retirada lo antes posible y sustituida por un monumento en memoria de los mártires de la lucha por la libertad de 1848-49”.

Al anochecer, una multitud derribó la estatua de Stalin erigida en Budapest. Se utilizaron cables de acero, herramientas y vehículos hasta hacer caer la enorme figura de bronce, de la cual solo quedaron las botas sobre el pedestal. Otros manifestantes se dirigieron a la sede de la Radio Húngara para transmitir sus reivindicaciones, pero la policía política detuvo a la delegación enviada al edificio y abrió fuego contra las personas concentradas en el exterior.

Los disparos transformaron la protesta pacífica en insurrección. Trabajadores y soldados entregaron armas a los manifestantes; algunos militares arrancaron las estrellas rojas de sus gorras y se unieron a la revuelta. En pocas horas aparecieron barricadas, edificios ocupados y enfrentamientos con fuerzas del régimen. Durante los días siguientes surgieron consejos obreros, comités revolucionarios y grupos armados. Imre Nagy asumió el Gobierno, anunció el fin del partido único y declaró la intención de retirar a Hungría del Pacto de Varsovia.

La Unión Soviética no dudó en mandar sus tropas a sembrar la muerte entre las filas del pueblo húngaro que había osado rebelarse. La primera intervención militar comenzó en la madrugada del 24 de octubre de 1956, cuando tanques y tropas entraron en Budapest para intentar contener el levantamiento. 

Miles de personas se concentraron el 25 de octubre frente al Parlamento, en la plaza Kossuth, mientras en Budapest circulaban rumores de negociación y retirada soviética. La escena terminó en una de las jornadas más sangrientas de toda la revolución, cuando tropas soviéticas y fuerzas vinculadas a la policía política (ÁVH) abrieron fuego contra la multitud. La llamada “masacre de la plaza Kossuth” destruyó cualquier expectativa de solución pacífica. Era la prueba definitiva de que el régimen estaba dispuesto a conservar el poder mediante la violencia abierta contra civiles. El episodio radicalizó aún más la insurrección y multiplicó el apoyo popular a los grupos de resistencia.

La segunda invasión soviética, lanzada el 4 de noviembre de 1956 con el nombre de Operación Torbellino, fue el golpe decisivo contra la revolución. Tanques, artillería y decenas de miles de soldados entraron de nuevo en Budapest y otras zonas del país, esta vez con una fuerza mucho mayor, para aplastar la resistencia e imponer un gobierno subordinado al Kremlin, encabezado por János Kádár. Los combates continuaron hasta alrededor del 10 u 11 de noviembre.

Miles fueron encarcelados y centenares ejecutados; Imre Nagy fue ahorcado en 1958 después de un juicio secreto. El balance final resultó devastador, con 2.500 húngaros muertos, unos 20.000 heridos y cerca de 200.000 refugiados que huyeron al exilio. También murieron unos 700 soldados soviéticos

El 23 de octubre se convirtió en una fecha prohibida y en la memoria de una sociedad que había demostrado que el dominio soviético no se sostenía por consentimiento, sino por la fuerza de las armas.

Fuentes: Encyclopaedia Britannica, “Hungarian Revolution”; National Security Archive de la Universidad George Washington, “The 1956 Hungarian Revolution: A History in Documents”; National Security Archive, colección documental sobre la Revolución Húngara; Naciones Unidas, “Report of the Special Committee on the Problem of Hungary”.


23 octubre 1958 — Suecia, Estocolmo. Conceden el Nobel a Boris Pasternak

La Academia Sueca premia al autor de “Doctor Zhivago”, pero la persecución soviética lo obliga pocos días después a rechazar el galardón.

El 23 de octubre de 1958, la Academia Sueca anunció la concesión del Premio Nobel de Literatura al poeta y novelista ruso Boris Pasternak. El escritor, de 68 años, vivía en Peredélkino, una colonia de escritores situada en las afueras de Moscú. El galardón reconocía su poesía y su contribución a la tradición de la gran novela rusa, representada especialmente por Doctor Zhivago.

La novela había sido rechazada por la revista soviética Novy Mir porque su visión de la Revolución rusa, la guerra civil y la vida bajo el nuevo régimen no se ajustaba a las exigencias del realismo socialista. Pasternak entregó una copia al editor italiano Giangiacomo Feltrinelli, quien la publicó en 1957 pese a las presiones de Moscú.

En la comunicación oficial, se anunció como motivo del reconocimiento:

“[...] su importante contribución tanto a la poesía lírica contemporánea como al campo de la gran tradición épica rusa”.

Al conocer la noticia, Pasternak envió a la Academia Sueca un telegrama de aceptación:

“Inmensamente agradecido, conmovido, orgulloso, asombrado y abrumado”.

La alegría duró pocos días. La prensa soviética lo presentó como traidor, la Unión de Escritores lo expulsó y dirigentes comunistas exigieron que abandonara el país. Reuniones en fábricas, universidades y organizaciones oficiales aprobaron condenas redactadas contra una novela que la mayoría de los participantes no había podido leer. El 29 de octubre, temiendo el exilio definitivo y represalias contra las personas cercanas, Pasternak envió un segundo telegrama a la Academia.

“En vista del significado que este premio ha adquirido en la sociedad a la que pertenezco, debo rechazar este inmerecido galardón que se me ha otorgado. Les ruego que no reciban con disgusto mi rechazo voluntario”.

La Academia Sueca aclaró que la renuncia no anulaba la concesión. Pasternak permaneció en la Unión Soviética, sometido a vigilancia y prácticamente excluido de la vida literaria oficial. Murió en 1960. Olga Ivínskaya, su compañera y colaboradora, fue detenida poco después y condenada a trabajos forzados por recibir derechos de autor procedentes del extranjero.

La renuncia de Pasternak al Nobel quedaría en la historia como una de las pruebas más contundentes sobre la coerción soviética contra escritores, intelectuales y ciudadanía en general. 

En la sección poética final de Doctor Zhivago, Pasternak incluyó “Hamlet”, el primero de los poemas atribuidos al protagonista. Después de 1958 y de la campaña contra el escritor, algunos de sus versos adquirieron un sentido casi autobiográfico:

Clava en mí la oscuridad de la noche
un millar de anteojos ardientes. [...]

Estoy solo; todo se hunde en la falsedad.
La vida no es atravesar un campo”.

En diciembre de 1989, durante la apertura final de la Unión Soviética, Yevgueni Pasternak recibió en Estocolmo la medalla que su padre no había podido recoger. Habían transcurrido 31 años. Doctor Zhivago circulaba ya en millones de ejemplares, mientras el Estado que había intentado silenciarla se aproximaba a su desaparición.

Fuentes: Fundación Nobel, anuncio del Premio Nobel de Literatura de 1958; Premio Nobel, “The Nobel Prize in Literature 1958”; Nobel Prize, nota sobre la negativa de Pasternak; Literary Hub, reconstrucción del caso Pasternak; Michigan State University, “Pravda Denounces Pasternak and the Nobel Award”; Árbol Invertido, “Nueve libros extranjeros censurados en la Cuba revolucionaria por su contenido ‘subversivo’”.


Hungría elimina el nombre y los fundamentos constitucionales del Estado comunista en el aniversario de la revolución aplastada en 1956.

El 23 de octubre de 1989, una multitud se reunió ante el Parlamento húngaro, junto al Danubio, para escuchar una proclamación que ponía fin formalmente a cuatro décadas de régimen comunista. Desde el balcón del edificio, Mátyás Szűrös, presidente de la Asamblea Nacional y jefe provisional del Estado, anunció el nacimiento de la República de Hungría.

La fecha había sido escogida deliberadamente, porque se cumplían 33 años del levantamiento de 1956 contra el dominio soviético. Durante décadas, el Gobierno de János Kádár había descrito aquella revolución como una “contrarrevolución fascista”.

En junio de 1989, Imre Nagy y otros dirigentes ejecutados fueron enterrados nuevamente en una ceremonia pública a la que asistieron decenas de miles de personas. La rehabilitación de los condenados destruía una de las mentiras fundacionales del régimen.

Imre Nagy, primer ministro durante la revolución, había sido ejecutado en 1958 y enterrado de forma anónima por el régimen comunista. La ceremonia de su reinhumación, el 16 de junio, en la Plaza de los Héroes de Budapest, se convirtió en un acto nacional de reparación. Allí, ante cientos de miles de personas, intervino un joven Viktor Orbán —futuro primer ministro de Hungría—, entonces joven dirigente de la anticomunista Alianza de Jóvenes Demócratas (Fidesz), con un discurso que exigió elecciones libres y retirada de las tropas soviéticas. Su intervención adquirió especial notoriedad porque calificó abiertamente de dictadura al régimen comunista y reclamó la retirada de las tropas soviéticas:

Aprendimos de su destino que la democracia y el comunismo son irreconciliables. [...] 

Si creemos en nuestra propia fuerza, seremos capaces de poner fin a la dictadura comunista; si somos lo suficientemente decididos, podemos obligar al partido gobernante a someterse a elecciones libres”.

El cambio también había avanzado mediante negociaciones entre el Gobierno y la oposición. Una mesa redonda acordó elecciones plurales, garantías constitucionales, derechos civiles y la eliminación del monopolio político comunista. El Partido Socialista Obrero Húngaro se disolvió a comienzos de octubre; una parte de sus dirigentes creó el Partido Socialista Húngaro, ya sin la definición marxista-leninista anterior.

El Parlamento reformó casi por completo la Constitución de 1949. La nueva redacción eliminó el nombre “República Popular”, reconoció la competencia entre partidos, protegió la propiedad privada, estableció la separación de poderes e incorporó derechos políticos ausentes durante la dictadura. Ante una multitud estimada en unas 100.000 personas, el presidente interino Mátyás Szűrös provocó un gran aplauso al anunciar:

“Proclamo solemnemente que, desde hoy, 23 de octubre de 1989, Hungría es una república y su nombre es República de Hungría”.

En la plaza ondeaban banderas nacionales con el centro recortado, iguales a las utilizadas por los revolucionarios de 1956 para eliminar el escudo comunista. El gesto enlazaba dos momentos separados por la invasión soviética, las ejecuciones y más de tres décadas de censura.

Tras reformar profundamente la Constitución de 1949, se introdujeron modificaciones para sustituir la estructura del Estado comunista por una fórmula basada en derechos civiles. Se introdujo un nuevo artículo 2, definitorio:

"La República de Hungría es un Estado independiente y democrático gobernado por el Estado de derecho”.

Las primeras elecciones parlamentarias libres se celebraron entre marzo y abril de 1990. El último soldado soviético abandonó Hungría en junio de 1991. La desaparición de la “República Popular” terminó jurídicamente el Estado de partido único creado bajo la tutela de Stalin y devolvió a los ciudadanos el derecho a elegir sus gobernantes.

Fuentes: European Network Remembrance and Solidarity, “Regime Change in Hungary”; Radio Free Europe/Radio Liberty, “Hungary: Ten Years After Communism”; UPI Archives, “Hungary Declares Itself a Republic”; Constitute Project, referencia a la Ley XXXI de 1989; Encyclopaedia Britannica, “Hungary: Political reforms”, “Hungary in the Soviet orbit”; Parlamento de Hungría, “The Fundamental Law of Hungary”; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “The Collapse of the Soviet Union”; Office of the Historian, U.S. Department of State, cronología del colapso comunista en Europa del Este.


28 octubre 1962 — Cuba–Unión Soviética–Estados Unidos. Crisis de los Misiles soviéticos en Cuba

Jrushchov acepta desmantelar los misiles nucleares instalados secretamente en Cuba y pone fin a la fase más peligrosa de la Crisis de los Misiles.

En la mañana del 28 de octubre de 1962, Radio Moscú difundió un mensaje de Nikita Jrushchov al presidente John F. Kennedy en el que anunciaba que había ordenado desmontar y devolver a la Unión Soviética los misiles nucleares instalados secretamente en Cuba. Terminaba así la fase más peligrosa de la Crisis de los Misiles que había colocado al mundo al borde de una guerra atómica.

El conflicto comenzó cuando un avión estadounidense U-2 fotografió, el 14 de octubre, emplazamientos de misiles soviéticos en construcción cerca de San Cristóbal, en Pinar del Río. El National Photographic Interpretation Center identificó aquellas imágenes como prueba de que la URSS estaba instalando misiles nucleares en Cuba. La evidencia incluía convoyes, rampas de lanzamiento y emplazamientos en construcción. Kennedy fue informado al día siguiente. Durante una semana se reunió en secreto con sus asesores hasta que, el 22 de octubre, denunció en un discurso televisado la instalación y anunció una “cuarentena” naval para impedir la llegada de nuevo armamento ofensivo a Cuba. 

Por cierto, se considera que en esta alocución Kennedy dejó una de las mejores frases de su carrera política:

Nuestro objetivo no es la victoria de la fuerza, sino la reivindicación de la justicia; no la paz a expensas de la libertad, sino la paz y la libertad, aquí en este hemisferio y, esperamos, en todo el mundo”.

Al principio Cuba y la URSS lo negaron. Pero la contradicción quedó expuesta en Naciones Unidas. El 25 de octubre de 1962, el embajador estadounidense Adlai Stevenson confrontó al representante soviético Valerian Zorin en el Consejo de Seguridad:

“Estamos aquí hoy, y hemos estado esta semana, por una sola razón: porque la Unión Soviética introdujo secretamente esta amenazante acumulación militar ofensiva en la isla de Cuba mientras aseguraba al mundo que nada estaba más lejos de sus pensamientos”.

Stevenson terminó lanzando al soviético una pregunta concluyente, antes de presentar impresas en gran tamaño las fotografías aéreas de las instalaciones en la isla:

“¿Niega usted, Embajador Zorin, que la URSS haya colocado y esté colocando misiles y emplazamientos de alcance medio e intermedio en Cuba? ¿Sí o no? No espere la traducción. ¿Sí o no?

En los días siguientes, buques soviéticos se aproximaron a la línea de bloqueo, las fuerzas militares elevaron su nivel de alerta y los emplazamientos cubanos continuaron avanzando hacia la operatividad. El 27 de octubre, considerado el “sábado negro”, un misil tierra-aire derribó un U-2 sobre Cuba y mató al piloto Rudolf Anderson. Ese mismo día, destructores estadounidenses lanzaron cargas de señalización contra el submarino soviético B-59, cuya tripulación llevaba un torpedo nuclear y desconocía si la guerra había comenzado.

La salida del grave conflicto combinó compromisos públicos y secretos. Washington prometió no invadir Cuba si los misiles eran retirados y, por un canal reservado, Robert Kennedy informó al embajador Anatoli Dobrynin de que Estados Unidos desmontaría posteriormente sus misiles Júpiter instalados en Turquía. En su carta del 28 de octubre, Jrushchov confirmó la orden:

“El Gobierno soviético ha dado una nueva orden para desmantelar las armas que usted describió como ofensivas, embalarlas y devolverlas a la Unión Soviética”.

Fidel Castro quedó fuera de la negociación final, lo cual significó un golpe a su ego. Dos días antes había recomendado a Jrushchov que, si Estados Unidos invadía Cuba, la Unión Soviética no permitiera que Washington realizara el primer ataque nuclear, y que se adelantara. Durante la noche del 26 al 27 de octubre, después de ordenar a las defensas cubanas que abrieran fuego contra los vuelos estadounidenses a baja altura, Castro envió a Moscú el telegrama en el que recomendaba no permitir un primer ataque nuclear de Estados Unidos:

“Si [...] los imperialistas invaden Cuba con el objetivo de ocuparla, los peligros de su política agresiva son tan grandes que, tras tal invasión, la Unión Soviética jamás debe permitir circunstancias en las que los imperialistas pudieran llevar a cabo un primer ataque nuclear contra ella.

Les digo esto porque creo que la agresividad de los imperialistas los hace extremadamente peligrosos, y que si logran invadir Cuba —un acto brutal que viola la ley universal y moral—, entonces ese sería el momento de eliminar ese peligro para siempre, en un acto de legítima defensa. Por dura y terrible que sea la solución, no habría otra”.

El dirigente soviético interpretó aquella propuesta de aceptar una guerra atómica como un aviso acerca de la peligrosa mentalidad del caudillo caribeño. La retirada de los misiles, además sin contar con Cuba, provocó indignación en la dirección cubana y dio origen a una consigna callejera, coreada en los actos del régimen: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”.

Estados Unidos mantuvo la cuarentena naval hasta el 20 de noviembre, después de que Moscú aceptara retirar también los bombarderos Il-28. La población cubana nunca había sido informada de la cantidad, la ubicación ni el poder de las armas emplazadas en su territorio. Una isla gobernada sin prensa libre, sin Parlamento independiente ni control ciudadano había sido convertida en plataforma nuclear y posible campo de batalla entre superpotencias.

Fuentes: Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “The Cuban Missile Crisis, October 1962”; Biblioteca Presidencial John F. Kennedy, cronología y documentos del 28 de octubre; Office of the Historian, mensaje de Jrushchov a Kennedy del 28 de octubre; Biblioteca Presidencial John F. Kennedy, “Letter From Chairman Khrushchev to President Kennedy, October 28, 1962”; Árbol Invertido, “Documentos desclasificados revelan que Fidel Castro contrató a exnazis en el Ejército”; Biblioteca Presidencial John F. Kennedy, documentos del 26 de octubre y carta de Fidel Castro.


31 octubre 1961 — Unión Soviética, Moscú. El cuerpo de Stalin es retirado del Mausoleo de Lenin

El cuerpo embalsamado del dictador es sacado del Mausoleo de Lenin durante la campaña de desestalinización impulsada por Jrushchov.

Durante la noche del 31 de octubre de 1961, la Plaza Roja fue cerrada y el Mausoleo de Lenin quedó oculto parcialmente detrás de paneles. En su interior, una comisión supervisaba el trabajo de obreros que procedían a retirar el cadáver embalsamado de Iósif Stalin. Había permanecido expuesto durante ocho años junto al cuerpo de Lenin, bajo una inscripción que presentaba a ambos como fundadores de una misma tradición política.

La medida llegaba cinco años después del célebre “discurso secreto” de Jrushchov ante el XX Congreso del Partido Comunista, donde denunció parte de los crímenes y abusos del estalinismo. Allí acusó a Stalin de haber deformado completamente la vida política soviética mediante el terror y la obediencia absoluta:

Stalin no actuaba mediante la persuasión, la explicación ni la cooperación paciente con la gente, sino imponiendo sus conceptos y exigiendo la sumisión absoluta a su opinión. Quien se opusiera a estos conceptos o intentara demostrar su punto de vista y la validez de su postura estaba condenado a ser expulsado del grupo dirigente y a la posterior aniquilación moral y física”.

La decisión fue adoptada en el XXII Congreso del Partido Comunista en 1961. Delegados soviéticos denunciaron ejecuciones arbitrarias, falsificaciones judiciales y purgas masivas. Entre las intervenciones más curiosas e impactantes, habló Dora Lázurkina, veterana bolchevique encarcelada durante las purgas estalinistas, quien afirmó haber “consultado” simbólicamente a Lenin sobre la permanencia de Stalin en el mausoleo. Este episodio casi teatral y religioso, por increíble que parezca, aparentemente sirvió para "escuchar en directo" la opinión del propio Lenin. Y así se utilizó por la dirigencia soviética, como una prueba de la voluntad de Lenin. 

Dora Lázurkina contó:

“Mi corazón siempre está lleno de Lenin. Camaradas, pude sobrevivir a los momentos más difíciles solo porque llevaba a Lenin en mi corazón y siempre lo consultaba sobre qué hacer. Ayer lo consulté. Estaba allí, frente a mí, como si estuviera vivo, y me dijo: 'Es desagradable estar al lado de Stalin, quien tanto daño le hizo al partido'.”

A continuación del relato de Lázurkina sobre su "consulta" espiritual, Jrushchov leyó el decreto que ordenaba expulsar a Stalin del Mausoleo:

“Se considera inapropiado que el sarcófago con el féretro de Stalin permanezca en el mausoleo, ya que las graves violaciones cometidas por Stalin de los preceptos de Lenin, el abuso de poder, las represiones masivas contra el pueblo soviético honrado y otras actividades propias del período del culto a la personalidad hacen imposible que el féretro con su cuerpo descanse en el mausoleo de V. I. Lenin”.

El cadáver fue colocado en un ataúd y enterrado junto al muro del Kremlin, en una tumba cubierta inicialmente por una sencilla losa. La inscripción “Lenin-Stalin” fue retirada de la fachada del mausoleo.

Un año después, el poeta Yevgueni Yevtushenko publicó “Los herederos de Stalin” (“Nasledniki Stalina), poema que apareció en el Pravda (órgano oficial del Partido Comunista) el 21 de octubre de 1962, gracias a la autorización o el apoyo personal de Nikita Jrushchov, en el contexto de la política de deshielo o desestalinización.

Y apelo a nuestro gobierno
con la petición
de duplicar,
triplicar
la guardia en esta losa
para que Stalin no pueda levantarse,
y, con Stalin,
el pasado”.

Claro que renunciar al culto a Stalin, sacar su cuerpo embalsamado del Mausoleo y esconderlo bajo tierra no iba a significar el comienzo de una democratización de la Unión Soviética ni el fin de la represión política. Sin embargo, la escena del enterramiento, llevada a cabo a medianoche, mostró que incluso dentro del propio sistema comunista el legado de los mayores crímenes y secretos aberrantes se había vuelto imposible de mantener a la vista pública.

Fuentes: Fordham University, “Nikita Khrushchev: The Secret Speech, 1956”; Rights in Russia, “Stalin’s body was removed from the Lenin Mausoleum”; texto documental sobre la retirada del cuerpo de Stalin; Árbol Invertido, “Andréi Sájarov: ‘Cómo me convertí en disidente’”; Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, “Russia: A Country Study”; Michigan State University, Yevgueni Yevtushenko, “Stalin’s Heirs”; Encyclopaedia Britannica, “De-Stalinization”.

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