Los defectos de una casa que se descompone de manera simbólica llevan consigo el resquebrajamiento de la moral de un país. Cuando el poeta Heberto Padilla escribió Fuera del juego, tenía bien claro hacia dónde se dirigía el barco de la naciente revolución. Tuvo la intuición de que el asunto se movía por zonas oscuras. Entendió que detrás de la figura refulgente de Fidel Castro se escondían intereses turbios, pero el fervor de la población era demasiado grande como para revelarlos.
La manipulación y el adoctrinamiento se toman de la mano y de ese matrimonio nacen criaturas que comienzan a ocupar sin resistencia lo que debería ser de todos. Si permitimos su entrada y propagación después será difícil erradicar su hambre de poder. Así nacen los tiranos, con el impulso de otros que también copiaron modos y trampas para someter, desde la mentira y la violencia, apoyados, eso sí, por un ejército de seguidores capaces de cumplir las órdenes sin vacilación.
En el caso de Cuba, el daño es mucho mayor. Lo percibimos cuando en medio de una crisis económica tan agobiante todavía existe un ecosistema de fieles vasallos adulando de boca para afuera cualquiera de las medidas que el régimen implementa. Lo hacen por conveniencia o por un miedo atroz al juicio que el futuro les profetiza. Lo hacen mientras puedan estabilizar la frágil y rústica embarcación en la que navegan y se sientan seguros. Sin embargo, ahora son más cautelosos. En su interior desean la llegada de un milagro —pese a no creer en Dios— que les devuelva la capacidad de continuar su vida al servicio de la dictadura.
Mientras tanto, la historia nos devuelve la marca perenne del retroceso que parte de la mirada unipartidista y su desenfrenada descomposición. La punta del iceberg se convirtió en montaña con el devenir de los años. El fuego al que fuimos (y somos) sometidos dejó en evidencia la insoportable capacidad de destrucción de este mal llamado socialismo. Bajo la complicidad y la hipocresía de gobiernos totalitarios y de otros que se aprovechan de la miseria para establecer una imagen de solidaridad cuya esencia es el establecimiento de zonas de influencia geopolítica en el Caribe.
El líder y la maquinaria del sometimiento
La figura del líder se erigió como una necesidad imperiosa. Un caudillo para estabilizar una república, para no darle tregua a cualquier acto de rebeldía. Un carácter duro para un tiempo que se suponía sería complejo. Mientras, uno tras otro los rostros visibles del Ejército Rebelde se diluyeron en cargos y misiones. La escena quedó lista para concentrar todos los poderes en Fidel. No había proyecto que no dependiera de su aprobación y posterior acompañamiento.
El culto a la personalidad, por más que se intentara ocultar su naciente y sistemática presencia, fue sembrado, regado y recogido por el aparato político. El resultado de la cosecha fue un pueblo sometido a caprichos y desmanes durante décadas. De los errores que se reflejaban en la mesa de los cubanos, apenas se hablaba. Las culpas tenían una sola dirección y no apuntaban precisamente a los excesos y alardes de la cabeza pensante, del omnipresente líder.
Si los errores eran muy evidentes, se confesaban públicamente, siempre con el visto bueno de la cúpula castrista. De la férrea censura imperante pocos escaparon. El miedo a ser acusado de diversionismo ideológico estaba latente. De la autocensura, mejor ni hablar. Fue la consolidación del terror revolucionario, ilustración exacta de una dictadura implacable y gris.
La ceguera nacional fue inducida a conveniencia. La culpa siempre era del enemigo del norte y la corrupción quedaba reducida a una insignificante nota de prensa y al posterior olvido. Si un cuadro partidista era separado, otro ocupaba su lugar y el asunto pasaba, si le hacemos un guiño a 1984, por las manos del Ministerio de la Verdad.
Las ruinas de la Cuba de hoy
La Cuba de hoy es el resultado de los errores sepultados en las fosas comunes de su proceso político. El socialismo destruyó las bases de la verdad. Su temor al escrutinio popular trajo consigo un país convertido en un espacio inhabitable. Por miedo o por conveniencia, el daño es catastrófico. Las dictaduras son experimentos que desde el principio se saben insostenibles.
Quienes controlan los mandos están convencidos de que no habrá ni prosperidad ni estabilidad ni libertad. Pero prefieren aprovechar hasta el último segundo las mieles del poder. Esa es una de las mayores crueldades: hacer creer que hay solución, que hay esperanza. Sin embargo, al llevar consigo esa sed insaciable de control, camuflajeada en la vacuidad de su discurso, amenazan, atacan y fabrican delitos en amañados procesos penales contra los inconformes ciudadanos, esos que cada día amanecen con la obligatoriedad de caminar sobre la cuerda floja.
La necesidad de un líder es la consecuencia. Los que se aferran a la gastada frase: Con Fidel esto no pasaba son los mismos que el 11 de julio de 2021 salieron a cumplir con la orden de combate, lanzada sin medir las consecuencias de semejante acto. Como resultado de dicha orden, más de mil presos políticos se encuentran separados de sus familias y el país continúa su inevitable caída.
El nivel de ruptura Partido-pueblo es tan grande que ya no les quedan argumentos que convenzan de lo contrario. Hasta sus propios voceros, de la manera más oportunista posible, lo reconocen. Pero los presos siguen padeciendo y muriendo mientras el régimen continúa su infructuosa labor de negación. Dicen que solo hay presos comunes, pero nadie les cree, ni ellos son capaces de hacerlo.
La inflación es el monstruo que se alimenta de los desposeídos. Escapar de ella, por más que avistemos sus señales de peligro, es una batalla perdida. Lo básico ahora es un lujo y el crimen mayor es negar la responsabilidad de intentar apagar el fuego con mentiras y aparente preocupación por los más desvalidos. De las locuras de los primeros años, de las proyecciones de un futuro luminoso, nos quedó la resaca de una fiesta donde jamás el pueblo tuvo ni voz ni voto.
De la hoguera que pretendió iluminar el naciente proceso de un pequeño país a solo noventa millas de Estados Unidos, solo quedan las cenizas y el dolor en la mayoría de los hogares. No hay liderazgo, sino una casta de seres corruptos que prefieren arrastrar a sus ciudadanos a una guerra total contra un enemigo superior en todos los aspectos. No aman más que a sus espurios intereses y a sus abultados vientres, imposibles de ocultar.
El tiempo se les termina. Pero su falsedad les impide reconocer que fracasaron y que sus errores tendrán consecuencias legales. Hay muchos muertos sobre su conciencia, muchas heridas sin sanar. El miedo tiene memoria. Subestimarlo es uno de los mayores errores. Perdieron la credibilidad y el respeto al pregonar una resistencia creativa sin padecer el infortunio de todo un pueblo. Aquí el tirano tiene muchas cabezas. Es más que un nombre. Es un sistema. Es la dictadura que no se cansa de victimizarse. Lo peor es su manera de reaccionar cuando en cualquier parte del mundo, incluso en las entrañas del monstruo, sus familiares se pasean, viven y gozan de los privilegios que acá nos niegan.
La isla de la libertad que nunca fue muestra su verdadero rostro, el de una nación secuestrada y dejada a la deriva sin timonel en medio de una tormenta. No habrá prosperidad mientras los fósiles disfrazados de martianos ostenten un poder lleno de manchas y grietas. El derrumbe está, se ve, se palpa. Ya no se puede descender más. Cuba no puede más. Si tuvieran vergüenza deberían renunciar y marcharse de una vez. Pero son tan cínicos que se aferrarán mientras el pueblo no se levante.
El no retorno a la época dorada, esa de una plaza llena de aplaudidores y su frenética búsqueda de ser saludados por el ídolo de multitudes, deja sin opciones al impopular Miguel Díaz-Canel. Esa época de fervor se disipó. La mala gestión y la caída en picada de sectores emblemáticos como Salud pública, Educación y Deportes, por solo citar tres, demuestran un deterioro institucional alarmante. Hoy dicen una cosa, mañana vendrán con un cuento más elaborado, pero tan mal escrito e inverosímil como la absurda declaración del protagonista del actual naufragio: Cuba avanza y eso les duele.
Volver a Heberto Padilla
Por eso es bueno volver a la esencia del libro que desató la ira de Fidel Castro contra la palabra filosa que llevó a su autor a un mea culpa que reveló la verdadera naturaleza de la dictadura: la represión a todo tipo de disidencia. Mucho más si se trataba de un escritor que conocía las luces y sombras debido a su cercanía con varios de sus dirigentes, entre ellos el Che y el propio Fidel. Entre los poemas que integran el libro Fuera del juego, de H. P., se encuentra Para escribir en el álbum de un tirano. En solo siete versos hay una definición contundente, una voz que desde la transparencia profetiza:
Protégete de los vacilantes,
porque un día sabrán lo que no quieren.
Protégete de los balbucientes,
de Juan-el-gago, Pedro-el-mudo,
porque descubrirán un día su voz fuerte.
Protégete de los tímidos y los apabullados,
porque un día dejarán de ponerse de pie cuando entres.
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