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Opinión | La utopía, el horizonte y el hundimiento insular

"Desde hace mucho tiempo despertamos entre epidemias, huracanes y errores, todo eso sacado a la luz cuando ya les es imposible ocultarlo. Sin embargo, esas desgracias son el pretexto ideal para que el régimen justifique sus desaciertos."

Hombre afrodescendiente en condición de calle en Cuba. Foto: Yamil Lage/AP.
Hombre afrodescendiente en condición de calle en Cuba. Foto: Yamil Lage/AP.

Cuando en 2007 mi padre murió en el más profundo anonimato, comenzó a morir también una parte de mi historia familiar. El hombre fuerte, el ser que con solo mirar imponía respeto, yacía en una fría cama de hospital como si fuera un fantasma. Un rencor silencioso, duro y definitivo fue su última morada que amplificó la tristeza y el desencanto de un hombre que se sintió engañado por un sistema que le robó sus mejores años. Creyó en el proceso revolucionario y en los cambios que Fidel Castro prometió antes de tomar el control del país en 1959. 

Una revolución "a costa de los humildes"

Igual que él, hoy descubrimos con dolor la realidad que embarga las vidas de la inmensa mayoría de los ancianos en Cuba. Hombres y mujeres que se entregaron, desde diferentes profesiones, a trabajar por el desarrollo de un país que ahora les da la espalda. 

Por más toneladas de información, leyes y decretos que apruebe el régimen, la situación de los jubilados en Cuba se presenta con un indicador crítico. La calle, esa pizarra tan incómoda para el régimen, echa por tierra cualquier intento de minimizar el abismo entre ricos y pobres —los traicionados hijos de la revolución de los "humildes y por los humildes".

No se necesita ir muy lejos de casa para verlos, a veces bajo temperaturas extremas propias del verano, enfrentarse a humillantes colas en los cajeros y en los bancos para extraer sus ínfimas chequeras. En la mayoría de las ocasiones regresan sin poder extraer el escaso efectivo. Regresan con la decepción por el tiempo perdido y la molestia por la amplia red de corrupción que se mueve alrededor de algo que se fue de control. 

Tanto trabajar y desgastarse para tener que salir a pelear en condiciones muy desventajosas contra un enemigo que se llena la boca de un discurso patriotero y falaz. Así piensan desde el profesional hasta el veterano de las guerras de África y los conflictos en otras regiones de Latinoamérica, en los que, bajo el estricto camuflaje del internacionalismo proletario, se usó como carne de cañón a los ahora desechables ciudadanos de a pie. El nivel de adoctrinamiento fue tan poderoso y brutal que muchos creyeron en la visión mesiánica de un líder que les arruinó sus vidas y los dejó en mitad de un desierto y sin brújula, agua ni alimentos.

Esto acontece en las ciudades y muchos se horrorizan al descubrir el infinito ejército de derrotados seres que todavía resisten con estoicismo la trepidante ola de fuego que se cierne sobre ellos. Las imágenes dolorosas que a diario circulan a través de las redes sociales son una bofetada en el rostro de quien las ve. Duelen, lastiman en lo más íntimo de nuestra mente. No se pueden negar. Existen y mientras el solo sale y se oculta, esa ola crece, se multiplica y no hay manera posible de detenerla. Eso es en la ciudad. 

El campo cubano, el hambre y las enfermedades

Pero vayamos a las bombardeadas zonas rurales. Esas zonas de silencio donde no llega ninguna señal y la ferocidad de este tiempo se ensaña con mayor crudeza. Allí la tempestad no termina. El hambre y la escasez de medicamentos pasan factura a sus habitantes.

La vida se complejiza y en ese terremoto las primeras víctimas son los horcones de cada familia. A través de sus ojos se perciben los sueños que una vez acompañaron sus cuerpos ahora desgastados. En ese horizonte y en esa utopía —que tantos memes y confrontaciones han provocado dentro y fuera de Cuba— vivieron, unos manipulados y engañados, otros por simple convicción, los descartes de la Cuba de hoy. 

VIDEORREPORTAJE | Campesinos cubanos frustrados, se preguntan: "¿Qué revolución es esta?" (2026).

Podrá sonar duro, pero es la verdad. Así como se arrojan los residuos, la basura, lo inservible, así se lanzan a la calle, ese campo minado tan impredecible, a los vulnerables, el término edulcorado con el que intentan disfrazar lo que nuestros ojos ven. Hacerlos visibles es una tarea dolorosa. Primero, porque a nadie le gustaría que lo tomaran como ejemplo para mostrar la miseria. Segundo, porque existe una mancha de cibercombatientes moviéndose a gran velocidad para empañar los testimonios más que convincentes de la muerte que todos los días avanza con la libertad que hoy nos falta.

Las desgracias convenientes al régimen

Lo más escabroso del asunto es la confirmación de que la avalancha de noticias funestas no detendrá su descenso sobre Cuba. La situación tomará matices más desalentadores de manera escalonada. Si acaso lo dudan, anoten esta fecha y comiencen a contar. Desde hace mucho tiempo despertamos entre epidemias, huracanes y errores, todo eso sacado a la luz cuando ya les es imposible ocultarlo. Sin embargo, esas desgracias son el combustible ideal para justificar sus desaciertos y trampas. Les viene como anillo al dedo. Es parte de un juego bien pensado, pero que la población no está dispuesta a soportar un día más. 

La corrupción siempre estuvo. Seríamos muy ingenuos si pensáramos lo contrario. Como una criatura de muchas cabezas se alimentaba gracias a tener el control absoluto de la información y, vale agregar, el poder judicial y militar. Con la aprobación (a regañadientes, claro) de internet, el pueblo tuvo acceso a la información y se comenzó a contrastar el discurso oficial y la contraparte reportada por los medios independientes. La población que se convirtió en la protagonista de su propia historia.

Lo que antes era difícil de detectar ahora está a la vista de todos, no porque exista transparencia, sino porque la "bola" creció demasiado y les resulta imposible esconderla. Si antes era una realidad el hecho de que la dictadura vigilaba al pueblo, ahora el viento cambió. El pueblo es quien vigila a la dictadura. Por eso la mayoría de los dirigentes saben que la temporada de hacer y deshacer comienza a hacer aguas. 

El barco no es seguro como antes y el más imperceptible de los deslices puede terminar con cualquier carrera política y, acto seguido, con un vida de excesos y lujos. La corrupción es una fuerza que muerde y desangra la economía cubana —sumida en una crisis que cada día impone un nuevo récord.

Meses atrás el defenestrado vice primer ministro Alejandro Gil le pedía al pueblo paciencia. La tan citada frase "Paciencia, Randy" revolotea.

Mientras tanto, la carrera con obstáculos de los pensionados se complejiza y en el horizonte no se ve nada parecido a la felicidad que desde palacio intentan hacerles creer que existe. Sentados en el contén del barrio, muy lejos de la canción de Carlos Varela, no hay utopía nacida del "hombre nuevo" que alimente a quienes perdieron, a base de golpe sostenido, con la sutileza de las víctimas de un robo bien planificado, lo más valioso que un ser humano puede tener: la capacidad de vivir, de soñar.

Jubilados de Santiago de Cuba haciendo cola a la sombra exterior de un banco de la ciudad para extraer dinero en efectivo (abril de 2026).
Jubilados de Santiago de Cuba haciendo cola a la sombra exterior de un banco de la ciudad para extraer dinero en efectivo (abril de 2026).

Valdría la pena detenernos en la intrincada madeja de teorías que sostienen todo discurso populista de izquierda. Se habla de proyecciones. Es habitual escucharles mencionar que el año próximo será mejor. Es una manera cínica y descarada de manipular a la masa. De promesa en promesa llevamos 67 años y un cúmulo de propuestas que les sirve para ganar tiempo. 

Desde la base hasta los salones del Consejo de Estado y de la Asamblea Nacional del Poder Popular, esa promesa es el anzuelo del que sobresale un señuelo colocado con precisión. Y allá va la mancha de peces a morderlo y a caen de uno en uno. Pero será demasiado tarde. No habrá retorno, ni mejoría, ni capacidad de revertir lo que nació torcido. Los conformistas dirán: si no lo vivo yo, que lo vivan mis hijos y mis nietos. Ni los hijos ni los nietos entrarán en la repartición. Todo permanecerá igual o peor porque una dictadura se alimenta de la sumisión y el cansancio. 

"Hundirse irremediablemente en el abismo"

La sociedad que constantemente es engañada suele crear un mecanismo, que en el peor de los casos, consigue detener cualquier intento de cambio que implique chocar contra un aparato de presión con un manual de infinitos niveles. 

Si la combustión en la que se mueven los desvalidos no detiene su estela implacable, no habrá manera de detener la catástrofe humanitaria en la que este país se encuentra. Las fronteras de lo inimaginable se desvanecen y una nueva ola de fuego se llevará a los que aún se mantienen en pie. Pero lo que no se padece en carne propia no importa a quien se siente respaldado por las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior. 

Desde esa postura de poder todavía predican sus desgastadas teorías marxistas, que ellos mismos no son capaces de vivir. Son capitalistas teñidos de rojo, cuyo cinismo les sale por los poros. Mientras intenten enmascarar su naturaleza oscura, más se notarán las costuras de un traje demasiado ridículo.

Raúl Castro junto a su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, durante un acto público en Cuba.
Raúl Castro junto a su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”.

La personalidad de los burgueses se destiñe y comienza a mostrar su verdadero rostro: el de un clan que se niega a soltar el capital (no el libro), pero al menos todo lo que les permita, quizás desde segundas o terceras personas, mantener su nivel de influencia en la Cuba que algún día llegará.

Aunque el futuro está a la vuelta de la esquina, los hijos y nietos de los "elegidos" continúan su "ardua tarea" de disfrutar las mieles de una casta mutante y cada vez más peligrosa. 

Los ancianos que nos enseñaron el valor de la honestidad, el amor al trabajo y a la familia, ahora se mueven con lentitud por las calles pobrísimas de cualquier rincón del decadente prefijo +53. Al verlos, puedo escuchar la iluminada voz de Wisława Szymborska, en su inolvidable poema Utopía:

A pesar de sus encantos, la isla está desierta,

y las pequeñas huellas de pasos que se ven en sus orillas

se dirigen hacia el mar sin excepción.

Como si de ahí solamente se saliera

para hundirse irremediablemente en el abismo.

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Frank Castell

Frank Castell.

(Las Tunas, Cuba, 1976). Poeta y narrador. Licenciado en Español y Literatura. Egresado del segundo curso del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en 2000. Tiene publicados los poemarios El suave ruido de las sombras (Editorial Sanlope, Las Tunas, 2000), Confesiones a la eternidad (Editorial Sanlope, 2002), Corazón de barco (Letras Cubanas, La Habana, 2006), Final del día (Editorial Sanlope, 2012), Salmos oscuros (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2013), Fragmentos de Isla (Letras Cubanas, 2015), El solitario oficio de la resistencia (Valparaíso Ediciones, España, 2018), Como un país desierto (Huerga Fierro Editores, España, 2019), Redentor (Ilíada Ediciones, Alemania, 2023), Paisaje humano (Ediciones Médanos, EE.UU, 2024), Redeemer (Ilíada Ediciones, Alemania, 2025), y las novelas La maquinaria (Ilíada Ediciones, 2020), El horizonte blanco de la bestia (Editorial Primigenios, EE.UU., 2025) y La isla de los sarcófagos (Editorial Primigenios, 2026).

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