Estamos en un momento de especial complejidad y tensión continental. Es evidente, y no solo por las declaraciones de distintos políticos estadounidenses —desde el presidente Donald Trump hasta el diplomático acreditado en La Habana, Michael Hammer—, que la situación de Cuba ha llegado a un clímax: el desgobierno la y tiranía del castrismo ha alcanzado una crisis total.
En tales circunstancias conviene prestar atención a ciertos factores. Uno de los más preocupantes tiene que ver con personas que están defendiendo, dentro y fuera de Cuba, la idea siniestra de que, una vez expulsados los Castro y su clientela, el país debe establecer de nuevo un gobierno socialista. Esta propuesta y sus voceros no ocultan sus convicciones. Partiendo de una crítica inevitable al castrismo, pero sobre todo a Díaz-Canel y su camarilla, deslizan la idea de que lo ocurrido en el país en los últimos veinte años no es exactamente socialismo, de modo que basta llevar a la práctica el supuesto modelo así llamado para encontrar una panacea general.
Es una propuesta que en principio parece delirante, pero que en realidad parte de una manipulación nada desdeñable. Pues varias generaciones de cubanos se formaron en un sistema educacional donde, como en todos los países sometidos a gobiernos de izquierda, se exaltaba como único modelo posible, tanto en política como en economía y en orden social en general, a la nunca realizada utopía socialista. Ese verdadero adoctrinamiento ha construido un terreno abonado perfectamente para que los cubanos, que fueron por así decirlo troquelados en esos esquemas, reconozcan el lenguaje —la neohabla de la cual habla brillantemente George Orwell en su novela de firme antitotalitarismo anticomunista, 1984— que les han venido inculcando desde la infancia.
No importa que el socialismo no haya logrado en ningún país del mundo ninguna de sus promesas de campaña política: la verdad objetiva nunca ha importado nada para los tejemanejes de la izquierda. De aquí que en la actualidad sea muy fácil identificar esa campaña por resucitar la maquinaria socialista en una Cuba post Castro, sin importar los crímenes, la ruina económica y la debacle antropológica sufridos por la nación. Hay que subrayar que desde hace décadas el castrismo estableció una férrea censura que cerró el país a todo libro que sustentara una posición no ya opuesta, sino sencillamente ajena al marxismo-leninismo.
Una de las armas que se está esgrimiendo en el día presente es la afirmación de que la liberación de la isla no puede realizarse por fuerzas foráneas. Se apela, por tanto, a una noción de orgullo nacionalista y, desde luego, se proyectan interesadamente unos tintes de traición sobre cualquier apoyo directo y efectivo proveniente del extranjero. A ello se añade una interpretación no solo vulgar y no profesional del concepto de soberanía, sino una cabal ignorancia de lo que significa el término: en esencia, que el poder en un país ha de ser ejercicio por el pueblo todo.
Ello ha sido torcido al extremo manipulador de que un pueblo no debe ser ayudado ni respaldado por nadie que no sea él mismo, como si la historia universal no presentase ejemplos diversos de lo contrario. Es, insisto, pura y dura tergiversación interesada de ideologemas y conceptos en favor de unas posturas que, en el fondo, no buscan más que preservar los cimientos del totalitarismo comunista.
Quiero examinar el asunto desde más de un ángulo, porque a mi juicio se trata de un peligro que puede comprometer la salud de la futura vida política del pueblo cubano. No voy a citar nombres específicos ni textos recientes, aunque hay desde luego varios ejemplos: no me interesa en sí la polémica ni la denuncia personalizada, sino la simple advertencia de unos hechos objetivos y del desconocimiento que, de manera inconsciente en el menor de los casos, y de modo intencional en la mayoría, se integran para sustentar esa propuesta.
Ante todo, hay casos muy importantes que muestran una maquinaria de totalitarismo que no pudo ser desmontada desde dentro de una nación. El más notable, pero no el único, fue la Alemania hitleriana. El Führer diseñó tan hábilmente sus modos de coerción, que todos los intentos de derribarlo dentro del país resultaron inútiles. El más famoso y desdichado fue el Plan Valquiria, hoy conocido, con cierto error de fondo, como Operación Valquiria. Esto fue elaborado sobre todo por tres oficiales alemanes: el general Friedrich Olbricht, figura principal del plan, el general Henning von Tresckow y el coronel del Estado Mayor, Claus von Stauffenberg.
Desde el desastre total del Frente Oriental (operaciones contra la Unión Soviética) iniciado en 1941, y la constatación de la incompetencia de Hitler en su empecinamiento en dirigir el ejército alemán, esos tres militares empezaron a meditar en cómo detener el desastre total al que Alemania era conducida. Demoraron más de dos años en diseñar cómo podrían apoderarse de las principales ciudades del país y eliminar el poderío y control de las SS. Esta era, como se sabe, la abreviatura más conocida de las Schutzstaffel, una entidad simultáneamente paramilitar, policial, de inteligencia, carcelaria, política y desde luego de seguridad del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán del nazismo.
Después de iniciada la Segunda Guerra Mundial, las SS se convirtieron en un grupo letal de asesinos que sometieron por el terror a toda la Europa ocupada por los nazis. Las SS, pues, fueron el equivalente alemán del siniestro Ministerio del Interior cubano, y en particular de su núcleo más poderoso, la Seguridad del Estado.
Las SS fueron, como el MININT, un instrumento de vigilancia colectiva de los ciudadanos (y dentro de ellos, también de los mismos militares, los diversos niveles políticos, los intelectuales, las empresas, etc.); sus métodos y convicciones eran típicamente terroristas. De aquí que los conspiradores de la Operación o Plan Valquiria consideraran que había que anular su poder para poder destruir el nazismo. Del mismo modo planearon la eliminación física de Hitler, pues como gobernante absoluto y gestor de nazismo, era un obstáculo fundamental para la libertad del país. En tercer lugar se propusieron aprisionar a la cúpula política y militar del nazismo. Pero nada funcionó y el pueblo alemán solo pudo ser liberado por la coalición militar de los aliados. Algo similar ocurrió en la Italia fascista.
Pero mejor nos ilustran sobre el hecho de que no siempre un pueblo puede liberarse por sí mismo, los casos del militarismo japonés que desató la guerra mundial en el Extremo Oriente; y desde luego la España de Francisco Franco: en esos dos casos ninguno de los dos pueblos pudo liberarse por sí mismos, sino por intervención, en el caso japonés, de los aliados; y, en el segundo, por la muerte de Franco y la imposibilidad de su camarilla de mantener el falangismo como única fuerza política en la península ibérica.
No debe desconocerse que Franco, detrás de contradicciones más aparentes que reales, tuvo relaciones efectivas con el régimen de Fidel Castro, siempre silenciadas por ambos regímenes, antecedente de las que ha mantenido la izquierda española en el poder en los últimos años. Y desde luego hace falta refrescar la memoria de ciertas izquierdas: cuando, inmediatamente después de la II Guerra Mundial España, se vio aislada, arruinada e incluso hambreada, no fueron los vencidos nazi-fascistas ni los salazaristas quienes ayudaron a sostener a Franco en el poder: fue Juan Domingo Perón y su régimen justicialista, vivo hasta el gobierno de los dos Kirchner. Complicidades muy ilustrativas de la política internacional.
Por su parte, Getulio Vargas imitó claramente al salazarismo portugués. Y fue también autoritario, anticomunista, centralizado, censurador, policial y nacionalista. No por gusto se considera que el Estado Novo brasileño fue el antecedente directo de la terrible dictadura militar brasileña, que se mantuvo en el poder 21 años, entre 1964 y 1985, toda una vida para poder sacudirse el horror del totalitarismo. Alfredo Stroessner, en Paraguay, sostuvo su dictadura varias décadas. ¿Qué decir del régimen Ortega en Nicaragua?
No, no pretendan, señores defensores de una liberación solo ejercida desde dentro, desdibujar la imagen: no siempre un pueblo puede liberarse por sí mismo. Algunos solo lo logran luego de décadas de sufrimiento, paralización del Derecho elemental y ruina, tanto económica como antropológica.
La izquierda fracasó rotundamente como propuesta política y económica. Marx, casado con una aristócrata, periodista de ocasión y parásito del capitalista Federico Engels, vio algunos elementos necesarios en la estructura social de su tiempo. Pero sus pretensiones universalistas, su pose de profeta de la clase obrera y prepotencia como autor, no han producido en sus seguidores más que terror y muerte. Los cubanos que, sobre todo desde la ignorancia, pero también desde el oportunismo y la manipulación, pretenden un futuro de izquierda para el país, al insistir en sus prédicas, preparan la continuación del horror.
Hace falta ventilar la historia en sus matices más claros y duros. No podemos dejar de recordar que Julio Antonio Mella murió expulsado del Partido Comunista Cubano. Muchos militantes de ese partido terminaron totalmente decepcionados de las mentiras y falsedades de su política. El turbio caso de los muertos de Humboldt 7, donde el Partido Socialista Popular tuvo una participación siniestra, tanto que Edith García Buchaca, una de sus figuras más prominentes, tuvo que ser públicamente condenada a prisión domiciliaria de por vida, nos prueba que no se puede confiar en una nueva izquierda para Cuba.
La poco estudiada y silenciada situación de la llamada por Castro microfracción también muestra las incoherencias, fisuras y falta de base real de la izquierda cubana. La petición a Mirta Aguirre y Vicentina Antuña, de que entregasen sus carnés del Partido Comunista de Cuba en la primera mitad de la década del setenta, prueba que ni los militantes de cierta solidez escapaban a los vaivenes de una política de partido esclava siempre de los dictados de la Unión Soviética, es decir, de un poder extranjero.
No hay posibilidad en un pueblo desarmado, hambreado y asfixiado por más de seis décadas, de levantarse solo contra un totalitarismo comunista. Solo en actos de gallardía suicida como estamos viendo. Y permitiendo. Basta ya de dejar solo a un pueblo noble y martirizado. No habrá Operación Valquiria posible en La Habana como no la hubo en la Alemania nazi. Es la hora del valor general, la solidaridad humana y la certeza de que hoy, en Cuba, las campanas están doblando para toda la América, la latina y la anglosajona. Están doblando por todos.