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Arte | "El Eternauta": pedagogía del miedo y memoria del poder

"Un relato donde el poder aparece como una estructura invisible, donde la obediencia se impone sin rostro y la vida cotidiana puede ser alterada de manera repentina."

"El Eternauta", historieta creada por el autor argentino Héctor Germán Oesterheld en 1957. Dibujos de Francisco Solano López.
"El Eternauta", historieta creada por el autor argentino Héctor Germán Oesterheld en 1957. Dibujos de Francisco Solano López.

La novela gráfica como conciencia de la violencia invisible en América Latina

Hay autores cuya obra se comprende mejor cuando se la lee como una toma de posición, aun si esa posición no está formulada en términos doctrinarios. En el caso de Héctor Germán Oesterheld, la escritura construye una ética que atraviesa todo su universo narrativo. No se trata solamente de un guionista brillante. Se trata de un narrador que, dentro de un medio popular, se permite un gesto poco frecuente: pensar el heroísmo como responsabilidad colectiva y, al mismo tiempo, representar la violencia como estructura y no como accidente. 

Al regresar a El Eternauta desde una mirada madura, se advierte que la aventura no funciona como un fin en sí mismo, sino como una estrategia narrativa que introduce, con absoluta naturalidad, una pregunta esencial: ¿qué hace una comunidad cuando el mundo se desmorona? En esa pregunta se entrecruzan la política y la moral. Oesterheld no escribe para coronar al individuo excepcional; escribe para observar el comportamiento humano bajo presión, en el umbral de la desesperación, allí donde se decide si el otro es un aliado o una carga.

El escritor argentino Héctor Germán Oesterheld (1919-1977), creador de la historieta "El Eternauta".
El escritor argentino Héctor Germán Oesterheld (1919-1977), creador de la historieta "El Eternauta".

La historieta argentina de mediados del siglo XX, como tantas tradiciones narrativas populares, podía apoyarse sin dificultad en figuras heroicas de manual: el valiente, el fuerte, el líder carismático, el hombre destinado. Oesterheld toma otro camino. Su héroe no es un mito. Es un sujeto que tiembla. Un hombre común atravesado por el miedo y, sin embargo, obligado a actuar. 

Allí donde el heroísmo se vuelve común, el poder deja también de ser un adversario singular para convertirse en un sistema. La lucha ya no es un duelo. Se transforma en una forma de resistencia. La cadena de mando alienígena funciona como una metáfora temprana de esa lógica: el enemigo último es inaccesible; lo que se enfrenta es una sucesión de capas, de cuerpos dominados, de obediencias inducidas, de decisiones que se aplican sin que el ejecutor comprenda su origen.

Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".
Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".

Ese mundo narrativo no se limita a entretener. Educa la percepción. Entrena al lector para identificar lo siniestro no como un evento puntual, sino como una arquitectura. La historieta hace lo que la teoría a veces no consigue: vuelve sensible la idea de poder invisible. La convierte en atmósfera. En sensación física. En un frío que no se ve y, sin embargo, mata. 

Al profundizar en el lugar de Oesterheld dentro de la cultura argentina, su figura concentra una paradoja dolorosa: la obra anticipa, sin proponérselo de manera explícita, un tipo de violencia que terminará devorando al propio autor. La lectura de El Eternauta, sabiendo lo que ocurrió después, cambia de estatuto. Deja de ser solo ficción. Se convierte en un texto atravesado por una forma de profecía involuntaria.

¿Qué cuenta (en apariencia)?

El Eternauta, publicado originalmente en 1957 en el suplemento semanal Hora Cero, narra la historia de una invasión extraterrestre que comienza de forma silenciosa y devastadora en Buenos Aires, a través de una nevada mortal que cae sobre la ciudad y aniquila a quienes entran en contacto con ella. Desde ese punto de partida, el relato sigue a un grupo de hombres comunes que, aislados en una casa, improvisan estrategias de supervivencia mientras intentan comprender la naturaleza de la amenaza. 

La historia avanza como una crónica del derrumbe de la vida cotidiana: la ciudad se vacía, el exterior se vuelve letal y cada gesto —salir, respirar, desplazarse— adquiere una dimensión dramática. No se trata solo de una narración de ciencia ficción, sino de una experiencia progresiva de encierro, miedo y organización colectiva frente a un enemigo que no se muestra del todo.

Cubierta de la publicación original de la historieta argentina "El Eternauta" escrito por H. G. Oesterheld y dibujado por Francisco Solano López (1957) para el suplemento semanal "Hora Cero".
Cubierta de la publicación original de la historieta argentina "El Eternauta" escrito por H. G. Oesterheld y dibujado por Francisco Solano López (1957) para el suplemento semanal "Hora Cero".

La obra fue escrita por Héctor Germán Oesterheld y dibujada por Francisco Solano López, dos figuras fundamentales de la historieta argentina. Oesterheld, guionista de formación humanista, desarrolló una narrativa profundamente ética, centrada en personajes comunes enfrentados a situaciones límite. Solano López, por su parte, construyó un universo visual sobrio, tenso y reconocible, donde la ciudad y los cuerpos adquieren una presencia casi física. 

Juntos crearon una obra que se alejaba del heroísmo espectacular para centrarse en la fragilidad humana y en la fuerza del grupo. La elección de Buenos Aires como escenario no fue casual: la historia transcurre en barrios, calles y casas identificables, lo que intensifica la sensación de proximidad y convierte la invasión en algo inquietantemente posible.

La narración se articula en torno a la figura de Juan Salvo, pero también a través de un recurso estructural decisivo: la aparición del propio Eternauta como viajero del tiempo que irrumpe en la casa de un guionista —alter ego del propio Oesterheld— para contar su historia. Desde ese encuentro inicial, el relato se despliega como una memoria narrada, como el testimonio de alguien que ha atravesado la catástrofe y que intenta reconstruir lo ocurrido. 

Juan Salvo se presenta así no solo como protagonista, sino como superviviente condenado a un desplazamiento perpetuo, un hombre que ha perdido a su familia y que vaga a través del tiempo buscando regresar al instante en que todo se quebró. A partir de su relato, se reconstruyen los hechos: la nevada mortal, el encierro, la organización del pequeño grupo, la salida al exterior y el descubrimiento progresivo de una invasión estructurada en capas, con criaturas dominadas y jerarquías invisibles. La aventura se convierte entonces en una reflexión sobre la resistencia, la cooperación y el miedo como forma de aprendizaje, donde el héroe no es un individuo excepcional, sino una comunidad que intenta sostenerse en medio del derrumbe.

Cubierta de la publicación original de la historieta argentina "El Eternauta" escrito por H. G. Oesterheld y dibujado por Francisco Solano López (1957) para el suplemento semanal "Hora Cero".
Cubierta de la publicación original de la historieta argentina "El Eternauta" escrito por H. G. Oesterheld y dibujado por Francisco Solano López (1957) para el suplemento semanal "Hora Cero".

Vista desde la perspectiva histórica, la obra adquiere una resonancia singular. Escrita a finales de los años cincuenta, anticipa con una lucidez inquietante algunas de las formas del miedo y del control que marcarían la Argentina en la década del setenta. Sin proponérselo de manera directa, Oesterheld construyó un relato donde el poder aparece como una estructura invisible, donde la obediencia se impone sin rostro y la vida cotidiana puede ser alterada de manera repentina. 

Décadas después, cuando el propio autor fue víctima de la violencia política y desapareció durante la dictadura militar, El Eternauta comenzó a leerse también como una obra visionaria. No como una profecía literal, sino como una intuición profunda sobre la fragilidad de la vida social frente a sistemas de dominación que actúan desde la sombra. 

La invasión como dispositivo simbólico

Hay un momento en el que la ficción deja de comportarse como ficción. En El Eternauta ese momento no llega con una explosión ni con un ejército desplegado, sino con algo más humilde y cruel: una nieve que administra la muerte. No es un espectáculo ni un enfrentamiento directo. Interrumpe la vida ordinaria y la vuelve, de pronto, imposible. En la tradición clásica del relato de invasión, la amenaza suele exhibirse; el enemigo aparece con su peso visual y su maquinaria. Oesterheld y Solano López escogen el camino inverso: desplazan el terror hacia una forma sin rostro, una forma atmosférica cuya eficacia proviene precisamente de su impersonalidad.

Lo inquietante no es solo la muerte masiva, sino el modo en que esa muerte se vuelve normal con rapidez. La nieve mortal produce un tipo de violencia que no necesita odio ni argumento. Basta con caer. El cuerpo humano, expuesto, se convierte en un dato. La nevada instala una lógica que luego se repite en distintos niveles de la invasión: una violencia que funciona a distancia, que delega, que evita el contacto. Lo que mata no es el enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Lo que mata es un dispositivo que anula el espacio y transforma la ciudad en una cámara de exposición. La nieve no es solo un recurso de suspenso. Es una forma de pensar el poder, un poder que actúa como clima: no se negocia con él, no se lo persuade, no se lo mira a los ojos. Se lo padece.

Página de la historieta argentina "El Eternauta".
Página de la historieta argentina "El Eternauta".

La invasión no presenta un antagonista único ni frontal. Presenta capas, intermediarios, escalones de obediencia. El mal deja de ser una psicología para volverse un sistema. La violencia puede funcionar sin sujeto identificable, ejecutarse mediante cuerpos que obedecen sin comprender. Esta representación funciona como una intuición temprana de una lógica histórica donde el poder se descentra, se dispersa y se hace administrativo. Buenos Aires, convertida en territorio sitiado, deja de ser un símbolo de modernidad para volverse un laboratorio de aislamiento. La invasión funciona así como dispositivo simbólico doble: construye un relato de supervivencia y, al mismo tiempo, ofrece un modelo de lectura del poder moderno, invisible, técnico y profundamente impersonal.


El cuerpo sitiado y la vida cotidiana bajo la amenaza

El cuerpo se convierte en territorio político en El Eternauta. No el cuerpo heroico tradicional, sino el cuerpo vulnerable, expuesto, improvisado, que sobrevive en condiciones de excepción. La nevada mortal no solo transforma el espacio urbano: reconfigura los gestos mínimos de la vida diaria, el modo de respirar, de tocar, de mirar. El cuerpo se vuelve frontera. La agresión no llega mediante un enfrentamiento directo, sino a través del ambiente. El enemigo actúa sobre el aire, sobre la piel, sobre la respiración. Este desplazamiento sustituye la épica clásica por una política de la supervivencia: guantes, trajes aislantes, máscaras. El cuerpo ya no avanza, resiste.

El relato insiste en acciones domésticas: moverse dentro de una casa, compartir alimentos, vigilar turnos, reparar objetos. La épica se desplaza al interior. La cotidianidad, despojada de seguridad, se convierte en una forma de resistencia silenciosa. Cada gesto adquiere densidad moral. El miedo no paraliza; organiza. Regula movimientos, impone ritmos, redefine la relación con los otros cuerpos. El grupo aprende a moverse como un organismo colectivo. La corporalidad se sincroniza: nadie sobrevive solo.

Página de la historieta argentina "El Eternauta".
Página de la historieta argentina "El Eternauta".

El cuerpo acusa el paso del tiempo: cansancio, heridas, frío. Oesterheld introduce una temporalidad lenta, casi asfixiante, donde la espera y la repetición erosionan más que el ataque directo. El cuerpo se desgasta, pero no se rinde. Lejos del héroe invulnerable, El Eternauta propone una ética basada en la fragilidad compartida. La exposición del cuerpo no es debilidad, sino condición de lo humano. En esa exposición se funda la posibilidad de comunidad. El cuerpo sitiado se convierte, paradójicamente, en el lugar donde nace la resistencia.

El héroe colectivo

Existe un punto decisivo en la lectura de El Eternauta que ha adquirido un peso cada vez mayor: la renuncia deliberada al héroe individual. Este gesto narrativo revela una toma de posición profunda sobre la naturaleza del ser humano frente a la catástrofe. En la tradición clásica de la aventura, el héroe es una figura excepcional, mejor preparado, más valiente, más fuerte. Oesterheld desmonta esa lógica desde el inicio. En El Eternauta no hay un salvador providencial ni un individuo que concentre la inteligencia, la fuerza o el destino. Hay, en cambio, un grupo. Un conjunto de hombres comunes que piensan juntos, discuten, se equivocan y se sostienen mutuamente. Esa elección desplaza el centro del heroísmo y lo instala en la comunidad.

Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".
Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".

Juan Salvo no es un superhombre ni un líder carismático en el sentido tradicional. Es un sujeto atravesado por el miedo, por la incertidumbre y por la necesidad de proteger a los suyos. Su fortaleza no proviene de una superioridad natural, sino de su capacidad para integrarse en el grupo, escuchar y actuar junto a otros. El relato no celebra la excepcionalidad. Celebra la cooperación. Lo que salva no es el gesto individual, sino la inteligencia compartida, la conversación, la organización espontánea y la confianza construida en medio del peligro. Esa representación, dentro de un medio popular, resulta profundamente política porque sugiere que la supervivencia depende del vínculo social.

El héroe tradicional genera admiración; el héroe colectivo genera identificación. El lector no aspira a ser como él, sino que siente que podría ser él. En ese movimiento el heroísmo deja de ser una cualidad rara para convertirse en una posibilidad humana. El grupo funciona como estructura de contención emocional, intelectual y práctica. La casa convertida en refugio, las decisiones tomadas en conjunto y la persistencia compartida construyen una imagen de resistencia basada en el vínculo. El Eternauta desmonta el mito del individuo salvador sin destruir la idea de heroísmo: la redefine, la vuelve cotidiana y la distribuye en la comunidad.

La ciudad: ¿personaje o escenario del trauma?

Hay una imagen persistente en El Eternauta: Buenos Aires detenida. No destruida por completo ni reducida a ruinas espectaculares, sino paralizada, suspendida en un silencio extraño. La catástrofe no ocurre en un lugar abstracto ni en una ciudad inventada, sino en un espacio reconocible, cotidiano. Esa cercanía cambia la naturaleza del miedo. No se está ante un espectáculo de destrucción, sino ante la invasión de lo familiar. El relato comienza en una casa, en un interior protegido que representa la normalidad. Desde allí la amenaza se insinúa y el exterior se vuelve peligroso. El hogar deja de ser garantía y se convierte en trinchera.

A medida que el grupo sale, la percepción de la ciudad cambia. Buenos Aires aparece vacía, silenciosa, inmóvil. Las calles llenas de vida se transforman en escenarios fantasmales. Ese vacío produce una angustia particular: lo urbano, que implica presencia y movimiento, se vuelve quietud y aislamiento. El trauma se representa mediante la alteración del entorno. Lo familiar deja de serlo, lo transitado se vuelve incierto. La ciudad deja de ser escenario y pasa a convertirse en protagonista. Cada esquina puede ser una trampa, cada edificio un refugio o una amenaza. La geografía urbana se transforma en un mapa emocional.

Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".
Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".

La ciudad moderna, que prometía seguridad, se revela frágil. Basta una amenaza invisible para que su estructura se desarticule. La interrupción de la vida pública, el repliegue hacia el interior y el silencio colectivo construyen una imagen que trasciende la ciencia ficción. Buenos Aires funciona como un cuerpo detenido, un organismo que pierde su pulso. El horror moderno no siempre destruye las ciudades; a veces simplemente las detiene. Y en esa detención, en ese silencio repentino, comienza a tomar forma el verdadero miedo.

Control mental y cuerpos dominados

Hay un momento en El Eternauta en el que la inquietud cambia de naturaleza. Ya no se trata solo del miedo a morir ni del asedio constante, sino de algo más perturbador: la sospecha de que el cuerpo humano puede ser tomado, utilizado, dirigido. La aparición de los hombres robot constituye uno de los núcleos simbólicos más poderosos de la obra. El enemigo deja de ser únicamente una fuerza externa y se instala en el interior del sujeto. El cuerpo sigue en pie, camina, actúa, obedece, pero la voluntad ya no está. La amenaza ya no es solo la muerte, es la anulación.

Página de la historieta argentina "El Eternauta".
Página de la historieta argentina "El Eternauta".

Los hombres robot no son criaturas ajenas. Son humanos convertidos en instrumentos, sujetos que ejecutan órdenes sin conciencia plena. No hay deliberación ni conflicto interior visible. Hay acción. Esa pérdida de interioridad introduce una de las metáforas más intensas del siglo XX: la del sujeto transformado en ejecutor de una lógica que no comprende. La violencia deja de depender de la voluntad individual y se vuelve técnica. Se sostiene en la obediencia. El cuerpo permanece, pero la decisión desaparece.

La dominación no se limita a eliminar al enemigo: lo incorpora y lo utiliza. El poder no necesita mostrarse. Le basta con controlar. Esta representación permite pensar una forma de violencia política que fragmenta la responsabilidad y distribuye la acción en niveles de mando invisibles. La posibilidad de que el enemigo esté dentro introduce una ruptura en la confianza social. El otro puede dejar de ser él mismo. El cuerpo dominado se convierte así en una de las imágenes más inquietantes del poder moderno: un cuerpo que permanece en pie mientras la voluntad ha sido ocupada.

La pedagogía del miedo

El Eternauta no solo narra el miedo, lo enseña. No en un sentido didáctico ni explícito, sino en un plano más profundo, casi corporal. La historia no se limita a presentar situaciones peligrosas. Construye un clima sostenido en el que el miedo deja de ser una reacción puntual y pasa a convertirse en una forma de percepción del mundo. Desde el momento en que la nieve cae, todo cambia. No solo el paisaje, sino la forma en que los personajes se mueven, hablan y respiran. El peligro ya no es un episodio. Es el entorno.

El miedo no aparece en la obra solo como debilidad. También funciona como una forma de inteligencia. El grupo sobrevive porque aprende a temer correctamente, a leer señales, a anticipar y a desconfiar de lo evidente. Ese aprendizaje transforma la percepción. El mundo deja de ser transparente. Todo puede ocultar una amenaza. A medida que avanza la historia, el miedo reorganiza la vida cotidiana, regula decisiones, modifica rutinas y redefine los espacios seguros. No hace falta que la amenaza se materialice todo el tiempo; basta con que esté presente como posibilidad.

Página de la historieta argentina "El Eternauta".
Página de la historieta argentina "El Eternauta".

El miedo se vuelve así una estructura social. Circula entre los cuerpos, se transmite, se comparte y también fortalece el vínculo. La supervivencia depende de la confianza mutua. Sin necesidad de discursos explícitos, la obra muestra cómo el temor puede convertirse en un mecanismo silencioso de control. Se camina menos, se habla menos, se arriesga menos. El mundo se reduce. Cuando el miedo deja de ser una reacción y se convierte en una forma de estar en el mundo, la violencia ya no necesita mostrarse.

Ciencia ficción y crítica política

El Eternauta pertenece al territorio de la ciencia ficción, pero no en su dimensión escapista, sino en su forma más exigente. La ciencia ficción, en su mejor versión, no inventa mundos para huir de la realidad, sino para pensarla. La invasión alienígena no es solo un recurso narrativo. Es un lenguaje indirecto para hablar del poder, del control, de la violencia y de la fragilidad de la sociedad moderna. A diferencia de muchas distopías clásicas situadas en futuros lejanos o en ciudades inventadas, aquí la distancia desaparece: la historia ocurre en un presente reconocible, en una Buenos Aires real, habitada por hombres comunes enfrentados a una amenaza que irrumpe en su vida cotidiana.

Página de la historieta argentina "El Eternauta".
Página de la historieta argentina "El Eternauta".

Ese gesto vuelve la alegoría más inmediata e incómoda. El poder no se presenta como un sistema ideológico claramente definido, sino como una estructura invisible que se organiza en capas. No importa tanto quién domina, sino cómo se organiza la dominación. La obra parece intuir una forma de poder difuso, fragmentado, técnico, que no necesita mostrarse para operar. La ciencia ficción funciona entonces como una herramienta crítica capaz de observar la realidad desde otro ángulo y de decir, bajo la forma de la imaginación, aquello que el discurso directo no siempre puede nombrar.

Con el paso del tiempo, muchas novelas gráficas retomarán esta idea de la ficción como vehículo de reflexión política. Sin renunciar a la emoción ni al ritmo de la aventura, El Eternauta integra la crítica en la estructura misma del relato. La invasión, los cuerpos dominados, la ciudad paralizada y el miedo cotidiano funcionan como imágenes que permiten pensar el presente. La imaginación se convierte así en una forma de conocimiento, en un modo silencioso pero eficaz de comprender el poder y sus efectos.

El dibujo como atmósfera: ritmo, silencio y construcción visual del miedo

El trabajo de Francisco Solano López no ilustra el texto, lo sostiene y lo densifica. Gran parte del efecto emocional de El Eternauta no proviene solo del guion, sino de su materialidad visual. El miedo no está únicamente en lo que se cuenta, sino en cómo se ve. La nieve ocupa el espacio visual como una presencia que borra contornos y vuelve el mundo irreconocible. El exterior deja de significar libertad para convertirse en exposición. El uso del vacío y del silencio visual construye una sensación persistente de amenaza.

Los rostros no son heroicos ni idealizados. Son rostros tensos, cansados, atentos. El miedo aparece en detalles mínimos, en la mirada fija, en la postura rígida, en el cuerpo inclinado hacia adelante. La ciudad está dibujada con una precisión que refuerza la identificación. Las calles, las casas y los interiores siguen siendo reconocibles, y esa cercanía vuelve la inquietud más intensa. El cuerpo humano aparece pequeño frente a los espacios abiertos, expuesto ante fuerzas que lo exceden.

Página de la historieta argentina "El Eternauta".
Página de la historieta argentina "El Eternauta".

El ritmo gráfico alterna secuencias de movimiento con pausas largas donde el tiempo parece detenerse. Esos silencios visuales construyen una experiencia emocional compleja. El lector no solo sigue una trama, habita un clima. El dibujo organiza la mirada, marca el ritmo y convierte la tensión en forma. La novela gráfica demuestra así su capacidad para construir pensamiento a través de la imagen, sosteniendo la atmósfera del miedo sin necesidad de subrayados explícitos.

Recepción y canon

El recorrido de El Eternauta resulta especialmente revelador. No nace como obra consagrada ni como pieza destinada a ocupar un lugar central en la cultura académica. Nace como historieta serial, inserta en el circuito de la lectura cotidiana, compartida en revistas y leída en espacios domésticos. Ese modo de circulación construyó una relación particular con el lector. La historia no era un objeto distante, sino una experiencia incorporada a la vida diaria. Con el paso del tiempo, la percepción de la obra comenzó a cambiar. La historieta dejó de ser vista únicamente como entretenimiento y empezó a ser leída como una obra de gran complejidad narrativa y simbólica.

Cubierta de la publicación original de la historieta argentina "El Eternauta" escrito por H. G. Oesterheld y dibujado por Francisco Solano López (1957) para el suplemento semanal "Hora Cero".
Cubierta de la publicación original de la historieta argentina "El Eternauta" escrito por H. G. Oesterheld y dibujado por Francisco Solano López (1957) para el suplemento semanal "Hora Cero".

Ese desplazamiento forma parte de un movimiento cultural más amplio: la reevaluación de la novela gráfica como lenguaje capaz de producir memoria, crítica social y pensamiento. El Eternauta comenzó a ocupar un lugar distinto dentro de la cultura latinoamericana. Ya no era solo una historia eficaz, sino un texto que permitía interpretar una época y una sensibilidad. Su ingreso en el canon no ocurrió solo por su calidad narrativa, sino por su capacidad para sostener lecturas múltiples a lo largo del tiempo. Puede leerse como aventura, como distopía, como reflexión política, como exploración del miedo social y como relato sobre la comunidad.

La obra ha recorrido un camino singular: de relato popular a referente cultural mayor. Cada nueva lectura encuentra algo distinto porque sus preguntas siguen vigentes. El miedo, el poder, la fragilidad social y la resistencia colectiva permanecen como núcleos activos. Ese reconocimiento tardío de la historieta como espacio legítimo de producción simbólica ha permitido situar a El Eternauta en un lugar fundacional dentro del ámbito latinoamericano, sin borrar su origen popular ni su capacidad de conmover desde la sencillez del relato.

Conclusiones críticas

Al llegar al final de este recorrido, tengo la sensación de haber atravesado algo más que una obra. El Eternauta no se deja cerrar fácilmente como objeto de análisis. Permanece abierto, se mueve con el tiempo y sigue produciendo resonancias. He vuelto a sus páginas desde múltiples lugares, intentando comprender cómo un relato surgido en un medio aparentemente menor pudo convertirse en una de las representaciones más complejas del miedo social moderno. Y en ese regreso constante se impone una certeza: El Eternauta no es solo una historia sobre una invasión. Es una reflexión profunda sobre la fragilidad humana frente a las estructuras de poder.

A lo largo de este análisis han aparecido sus núcleos más persistentes: la violencia que se instala como clima, el miedo que organiza el comportamiento, el héroe colectivo que sustituye al individuo salvador, la ciudad que se vuelve territorio de trauma, el cuerpo convertido en instrumento, el tiempo como herida que no se cierra. El gran gesto de la obra consiste, para mí, en haber comprendido que la imaginación puede decir lo que el discurso directo no siempre logra expresar. Bajo la forma de la aventura se construye una visión del mundo donde el poder rara vez se presenta de frente. Opera desde la distancia, se distribuye en estructuras, se hace invisible, y frente a él la única forma de resistencia posible parece surgir del vínculo y de la comunidad.

Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".
Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".

Mi lectura termina inevitablemente en una reflexión sobre la memoria. Hay experiencias que no concluyen cuando los hechos terminan; permanecen y se desplazan con quienes las vivieron. El Eternauta parece hablar desde un tiempo anterior y, sin embargo, sigue resonando en el presente. Sus metáforas no se han agotado porque las formas del poder que sugiere continúan repitiéndose bajo distintos nombres. Recordar no es un gesto nostálgico, es una forma de resistencia. Cuando la desmemoria se instala, el espacio público comienza a vaciarse. Por eso la vigencia de esta obra no se sostiene solo en su valor estético, sino en su capacidad para seguir interrogando la conciencia colectiva.

En la América Latina del siglo XXI, esa lectura adquiere un espesor inquietante. La desmemoria se ha convertido en un fenómeno persistente, una forma de desgaste lento de la conciencia histórica que diluye responsabilidades y simplifica los relatos. Allí donde antes el miedo era una experiencia compartida y reconocible, hoy parece desplazarse hacia una zona más difusa, donde los mecanismos de poder vuelven a presentarse bajo nuevos lenguajes, nuevas promesas y legitimaciones simbólicas. En ese contexto, el olvido no opera como una simple pérdida, sino como una condición que permite que ciertas formas de dominación regresen envueltas en discursos de redención, justicia o igualdad, mientras la vida cotidiana vuelve a reorganizarse en torno a la prudencia, la cautela y el silencio.

Resulta imposible no advertir que algunos totalitarismos contemporáneos de tendencia izquierdista, en distintas regiones de América Latina, han construido también sus propias pedagogías del miedo, más sutiles, pero igualmente eficaces. No siempre se imponen mediante la violencia abierta; a menudo se instalan a través del control progresivo del discurso público, de la polarización social y de la normalización de la vigilancia simbólica. 

En ese escenario, El Eternauta recupera una vigencia inesperada: su metáfora del poder invisible, del control que se filtra en la vida cotidiana y del cuerpo que aprende a moverse con cautela, parece dialogar con una realidad que insiste en repetirse bajo otras formas. Recordar entonces deja de ser solo un gesto moral y se convierte en una necesidad crítica, una manera de sostener la lucidez frente a los relatos que prometen redención mientras reorganizan silenciosamente el campo del poder.

Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".
Viñeta de la historieta argentina "El Eternauta".

Aun así, en medio de esa bruma de olvido, persisten voces que se resisten a la amnesia cómoda. Intelectuales, cronistas, artistas y pensadores de distintos países han comenzado a señalar, con una mezcla de fatiga y lucidez, la repetición de viejas lógicas bajo nuevos ropajes ideológicos. Denuncian el deterioro progresivo de las instituciones, el empobrecimiento del lenguaje público y la conversión del territorio simbólico en un campo de disputa donde la memoria se negocia, se simplifica o se sacrifica en nombre de relatos salvadores. Frente a ese panorama, su palabra funciona como una forma de resistencia incómoda, a veces solitaria, casi siempre minoritaria, que insiste en recordar que la libertad cultural y la dignidad histórica no sobreviven por inercia.

El caos real no siempre adopta la forma del estruendo; a menudo se instala como desgaste. Se pierde primero la memoria, luego el territorio emocional que la sostenía, después la cultura que daba sentido a esa pertenencia. Y cuando se advierte el vaciamiento, ya se ha naturalizado el deterioro. En ese punto, la advertencia de El Eternauta vuelve a cobrar una vigencia irónica y amarga: no hace falta un enemigo visible para que el mundo conocido comience a disolverse. Basta con una lenta pedagogía del olvido, con una vigilancia difusa sobre el pensamiento y con la promesa insistente de que todo sacrificio presente será redimido en un futuro siempre postergado.

Vigo, 16 de febrero de 2026.

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Virginia Ramírez Abreu

Virginia Ramírez Abreu

(La Habana, 1971) es Doctora en Historia, Historia del Arte y de la Música por la Universidad de Santiago de Compostela; experta en Arte Contemporáneo y de Género, investigadora y Profesora Titular de Antropología de la Cultura e Historia del Arte en la Escuela Superior de Artes Cinematográficas de Galicia. Ha escrito y producido más de cincuenta audiovisuales, ha realizado numerosos proyectos curatoriales, conferencias, programas radiales, trabajos educativos comunitarios e impartido cursos en universidades españolas. Textos suyos han aparecido en IN-CUBADORA, Hypermedia, Libélula vaga, revista Nagari, Letralia, Otro Lunes, Linden Lane Magazine, entre otras, y la editorial Verbum. Reside desde 1994 en la ciudad de Vigo, en Galicia, España.

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