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Arte cubano | La herida perceptiva: "Volumen Uno" y el desmontaje visual de la revolución (Primera parte)

Volumen Uno evidenció la ruptura de los artistas cubanos con el lenguaje visual oficialista, introduciendo nuevas formas de percepción basadas en el cuerpo, el rito, la antropología y la ironía como estrategias críticas dentro del sistema.

"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos" (1987), de Rubén Torres. En la foto central aparece Ana Mendieta en una de sus primeras visitas a La Habana.
"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos" (1987), de Rubén Torres. En la foto central aparece Ana Mendieta en una de sus primeras visitas a La Habana.

La aparición de Volumen Uno no puede comprenderse como un acontecimiento aislado ni como una irrupción espontánea de modernidad dentro de la cultura cubana. La exposición constituye, en realidad, la manifestación visible de una transformación mucho más profunda incubada durante años dentro de las estructuras culturales del país. 

I. La fractura bajo la superficie: agotamiento, circulación clandestina y el nacimiento de otra mirada

Antes de Volumen Uno existió una acumulación silenciosa de tensiones: agotamiento de las formas épicas revolucionarias, desgaste del lenguaje visual oficial, circulación fragmentaria de contemporaneidad internacional y emergencia de una generación formada dentro del sistema revolucionario, pero cada vez más consciente de sus límites simbólicos. Lo que aparece en 1981 es el síntoma visible de una crisis perceptiva en desarrollo bajo la superficie institucional de la cultura cubana.

Durante buena parte de los años setenta, el campo artístico cubano estuvo atravesado por una creciente rigidez ideológica. El endurecimiento posterior al Caso Padilla en 1971 afectó la relación entre producción cultural y aparato político. La sospecha sobre el formalismo, el rechazo de las ambigüedades conceptuales y la subordinación del arte a funciones pedagógicas redujeron los márgenes de complejidad del sistema visual revolucionario. La épica política generó mecanismos de repetición: el héroe revolucionario, el trabajador productivo, la representación optimista del cuerpo social y la monumentalidad simbólica se volvieron códigos previsibles, cada vez menos capaces de expresar una sociedad que mostraba signos de fatiga.

El problema no era solo la censura directa, sino la consolidación de un régimen perceptivo estable que organizaba la realidad visual del país. El arte debía ser legible políticamente; la ambigüedad generaba sospecha. La autonomía estética se asociaba al formalismo burgués o al individualismo ideológicamente problemático. La complejidad subjetiva, la fragmentación del cuerpo o la ironía conceptual quedaban desplazadas dentro del aparato cultural.

Sin embargo, dentro de esa estructura comenzaron a producirse desplazamientos subterráneos. A mediados de los setenta emerge una nueva generación formada íntegramente dentro del sistema revolucionario. Este hecho es clave: no eran artistas pre revolucionarios ni ajenos al socialismo, sino sujetos producidos por la propia revolución. Precisamente por ello experimentaron con intensidad el agotamiento de los lenguajes oficiales.

La fundación del Instituto Superior de Arte (ISA) en 1976 resultó decisiva. No fue solo un centro técnico, sino un espacio de circulación irregular del pensamiento contemporáneo dentro de un contexto de regulación cultural. Allí comenzó una transmisión fragmentaria y en parte clandestina de referencias internacionales que transformó la sensibilidad visual de toda una generación.

La contemporaneidad artística llegó a Cuba de forma incompleta y precaria: catálogos traídos por viajeros, revistas fotocopiadas, diapositivas, libros compartidos y conversaciones privadas formaron una red subterránea de transmisión intelectual. Muchas referencias se conocían antes de verse directamente. Joseph Beuys, el conceptualismo, el arte povera o el performance circulaban como rumor cultural y archivo fragmentado.

Esta entrada irregular impidió una reproducción mimética. No surgió una copia periférica de modelos europeos o norteamericanos, sino una reorganización singular dentro del contexto socialista cubano. La religiosidad afrocubana, la teatralidad popular, el deterioro urbano y la vigilancia ideológica se mezclaron con conceptualismo, instalación y performance. El resultado fue una nueva sintaxis artística híbrida e inestable.

Vista de la exposición "Volumen Uno" (1981), con una instalación de Gustavo Pérez Monzón en el primer plano. Fotografía: José Manuel Fors.
Vista de la exposición "Volumen Uno" (1981), con una instalación de Gustavo Pérez Monzón en el primer plano. Fotografía: José Manuel Fors.

La generación que desemboca en Volumen Uno comprendió que el problema ya no era solo representar la realidad revolucionaria, sino desmontar los mecanismos que la organizaban visualmente. El arte pasó de ser representación a convertirse en dispositivo crítico y reorganización perceptiva del imaginario nacional.

Ese desplazamiento alteró la relación entre obra y política. No hubo inicialmente oposición frontal, sino estrategias de desplazamiento simbólico: ironía, ambigüedad, ritualización, contaminación cultural y desmontaje de signos políticos. La crítica se infiltró en el lenguaje revolucionario desde dentro.

Artistas cubanos participantes en la exposición "Volumen Uno" (La Habana, 1981).
Artistas cubanos participantes en la exposición "Volumen Uno" (La Habana, 1981).

En ese contexto aparece Volumen Uno en 1981. La exposición no inaugura una estética, sino que hace visible la crisis del sistema visual revolucionario cubano. A partir de ahí, el arte contemporáneo en la isla se desplaza hacia la fragmentación, el ritual, la ambigüedad y la ironía. Se configura una nueva relación entre inteligencia visual y supervivencia cultural dentro del socialismo cubano.

Por ello, esta muestra ocupa un lugar decisivo: marca el momento en que una generación formada por la revolución comienza a producir, desde sus propias instituciones, las primeras fisuras perceptivas del imaginario político que había estructurado la experiencia cubana durante más de veinte años.

II. Volumen Uno: la aparición pública de la fractura

Cuando Volumen Uno se inaugura en enero de 1981 en el Centro de Arte Internacional de La Habana, el acontecimiento no está todavía rodeado por el espesor mítico posterior de la historiografía del arte cubano. No existía una conciencia estabilizada de estar ante un momento fundacional. La categoría de "nuevo arte cubano", que después se volvería recurrente en el discurso historiográfico, apenas comenzaba a formarse. Lo que sí se percibía era una creciente sensación de desplazamiento: una alteración visible en la relación entre arte, cuerpo, política y contemporaneidad.

La lectura posterior ha tendido a organizar Volumen Uno como una irrupción coherente y homogénea. Sin embargo, la exposición fue un territorio heterogéneo y en ocasiones contradictorio. Los artistas no constituían un grupo compacto ni compartían un manifiesto común, ni un lenguaje formal unificado. El vínculo entre ellos era otro: el rechazo implícito al agotamiento perceptivo del arte precedente y la necesidad de reorganizar la relación entre producción artística y experiencia contemporánea.

Participaban artistas como José Bedia, Ricardo Rodríguez Brey, Juan Francisco Elso, Flavio Garciandía, José Manuel Fors, Gustavo Pérez Monzón, Leandro Soto y Rogelio López Marín, entre otros. Lo relevante no era solo la calidad individual, sino la emergencia simultánea de una sensibilidad distinta. La exposición reunía instalaciones, operaciones conceptuales, apropiaciones simbólicas, referencias antropológicas, ensamblajes rituales y nuevas relaciones entre cuerpo y espacio. La obra dejaba de ser representación estable para convertirse en dispositivo crítico.

Este cambio afectaba la estructura simbólica del imaginario revolucionario cubano. La producción visual institucional de los años previos se organizaba en torno a figuras claras de identificación política: el héroe revolucionario, el trabajador productivo, la monumentalidad épica y la transparencia ideológica de la representación. En Volumen Uno esa estabilidad perceptiva comienza a fracturarse. El cuerpo revolucionario deja de ser coherente y triunfante; emergen cuerpos ambiguos, erosionados, ritualizados o fragmentarios.

La transformación no era solo formal, sino una reconfiguración de la relación entre historia, subjetividad y representación. Muchos artistas desplazan el centro simbólico de la nación desde la épica hacia temporalidades densas: memoria colonial, religiosidad afrocubana, antropología del Caribe, ritual, sacrificio y ruina. Cuba deja de aparecer como totalidad política armónica y se muestra como superposición conflictiva de tiempos culturales.

José Bedia.
José Bedia.

La religiosidad afrocubana adquiere un papel decisivo, aunque no como recuperación folclórica ni identidad superficial. Funciona como la introducción de otro sistema de conocimiento dentro de la visualidad cubana. Frente al racionalismo pedagógico oficial, el rito y la memoria ancestral reorganizan la relación entre cuerpo, tiempo e historia. La obra pasa de objeto estético a presencia ritual y estructura antropológica.

En este proceso, la obra de Juan Francisco Elso resulta central. Sus figuras construidas con materiales orgánicos y ensamblajes precarios desmontan la monumentalidad de la iconografía revolucionaria. El cuerpo aparece atravesado por erosión, sacrificio, espiritualidad y memoria colonial. La materia se mantiene en un estado de fragilidad permanente, sin estabilidad heroica.

De forma paralela, Flavio Garciandía introduce operaciones irónicas contra las jerarquías culturales y la solemnidad del sistema revolucionario. El kitsch, la cultura popular, el humor y la mezcla entre alta cultura y visualidad cotidiana funcionan como herramientas críticas. La ironía introduce ambigüedad en un sistema orientado a lecturas rígidas.

Esto resulta clave porque desmiente la idea de una confrontación política frontal inmediata. La generación de Volumen Uno desarrolla estrategias de desplazamiento más complejas: la crítica no se expresa como denuncia directa, sino como infiltración semántica, reorganización simbólica y producción de inestabilidad perceptiva dentro del propio lenguaje revolucionario.

Juan Francisco Elso. Foto de Christina Lobeira.
Juan Francisco Elso. Foto de Christina Lobeira.

La exposición transforma también el estatuto de la obra en Cuba. La pintura deja de ser el centro exclusivo del campo visual. Instalación, objeto, ensamblaje, archivo, antropología y acción se mezclan. El artista pasa de productor de imágenes a operador crítico dentro de un sistema cultural ampliado.

Uno de los aspectos más complejos de Volumen Uno es su relación con las instituciones culturales. La exposición se realiza en espacios oficiales. No se trata aún de ruptura marginal ni de oposición abierta. Aquí aparece una paradoja del período: el aparato cultural estatal, al intentar renovarse y proyectar contemporaneidad, abre espacios de experimentación que generan efectos no previstos.

Existían sectores institucionales conscientes del agotamiento visual de los setenta y abiertos a cierta modernización del arte cubano. Sin embargo, esa apertura convivía con vigilancia, incertidumbre y límites políticos. El artista de los ochenta aprende a operar en una zona delicada: producir desplazamientos críticos sin confrontación frontal inmediata.

En ese contexto se consolida un rasgo clave del nuevo arte cubano: la ambigüedad estratégica. La obra funciona en múltiples niveles simultáneos. Una lectura superficial puede ser absorbida por el discurso institucional, mientras otra introduce tensiones más profundas. La crítica se convierte en operación perceptiva.

El artista cubano Leandro Soto en la década de 1980.
El artista cubano Leandro Soto en la década de 1980.

Por ello Volumen Uno ocupa un lugar incómodo en la historia cultural cubana: hace visible el desgaste interno del imaginario visual revolucionario. La contemporaneidad entra no solo como nuevas técnicas o referencias internacionales, sino como crisis de representación dentro del sistema simbólico establecido.

Lo que inaugura Volumen Uno no es solo una generación artística, sino una nueva relación entre inteligencia visual, ambigüedad crítica y supervivencia cultural en el socialismo cubano. La obra deja de ser únicamente representación o experimento formal y pasa a operar como espacio de infiltración simbólica, reorganización perceptiva y desmontaje silencioso del lenguaje revolucionario.

III. El ISA y la fabricación clandestina de contemporaneidad

Resulta imposible comprender la aparición de Volumen Uno sin atender al papel del ISA. No fue solo un espacio académico de formación técnica dentro del proyecto cultural revolucionario, sino una zona de circulación irregular de contemporaneidad en un sistema cultural altamente controlado. Buena parte de la transformación perceptiva que desemboca en Volumen Uno nace allí: en aulas improvisadas, bibliotecas incompletas, conversaciones nocturnas y formas alternativas de transmisión intelectual que configuraron una modernidad subterránea dentro del socialismo cubano.

La propia arquitectura del ISA condensaba una contradicción simbólica. El complejo fue construido sobre el antiguo Country Club de La Habana, espacio asociado a la élite prerrevolucionaria. La revolución transformó ese enclave burgués en institución de formación artística socialista. Sin embargo, en ese mismo espacio surgiría una generación que produciría las primeras grandes fisuras del imaginario visual revolucionario. El ISA fue simultáneamente producto del proyecto cultural revolucionario y laboratorio de su erosión simbólica.

Durante los años setenta y principios de los ochenta, el acceso cubano al arte contemporáneo internacional era fragmentario y precario. La contemporaneidad funcionaba como archivo incompleto e imaginado.

En ese contexto, la biblioteca del ISA adquirió un papel central, no por su abundancia, sino por su uso intensivo. Catálogos, revistas, libros de teoría y reproducciones fotográficas circulaban entre estudiantes y profesores con una densidad excepcional. Muchos materiales se deterioraban por el uso continuo; las imágenes pasaban de mano en mano como documentos casi clandestinos, y una sola diapositiva podía sostener semanas de discusión colectiva.

La experiencia intelectual del ISA no se parecía a la de las academias occidentales. Funcionaba como una arqueología fragmentaria de la contemporaneidad, donde cada referencia tenía un valor desproporcionado por su escasez. Los estudiantes establecían conexiones entre materiales dispersos: conceptualismo con religiosidad afrocubana, arte povera con precariedad socialista, performance con ritualidad popular y antropología visual con teatralidad revolucionaria.

Vista aérea del Instituto Superior de Arte (ISA) de Cuba.
Vista aérea del Instituto Superior de Arte (ISA) de Cuba.

Precisamente por su carácter incompleto, estas influencias no se reprodujeron de forma mimética. La generación cubana de los ochenta no generó una copia periférica de las vanguardias internacionales, sino una reorganización singular dentro de las condiciones del país. Vigilancia política, pedagogía ideológica, escasez material y cultura popular se articularon con instalación, apropiación conceptual, ritual y desmontaje del objeto artístico.

Este proceso transformó la formación del artista cubano. El ISA desplazó la figura del creador como productor técnico hacia la del sujeto capaz de intervenir críticamente en sistemas culturales y políticos. La obra comenzó a entenderse como pensamiento materializado. Profesores, críticos y espacios institucionales relativamente abiertos introdujeron antropología, filosofía, semiótica y crítica cultural en la formación. El estudiante ya no trabajaba solo desde la pintura o la escultura, sino desde una comprensión ampliada de la cultura visual como sistema ideológico.

Este cambio resulta clave para entender la radicalidad de Volumen Uno. Lo que emerge en 1981 no es solo una renovación estilística, sino una transformación en la relación entre arte y pensamiento. La nueva generación no busca únicamente representar la realidad cubana, sino desmontar los sistemas que la organizan simbólicamente.

"El ISA formó productores de ambigüedad crítica."

Más decisivo aún es que el ISA produce una sensibilidad compartida frente al agotamiento del imaginario revolucionario. Los estudiantes habitan simultáneamente la pedagogía socialista y la percepción creciente de fatiga visual e ideológica. 

La contemporaneidad cubana nace así menos como importación estética que como estrategia de supervivencia intelectual. El artista aprende a operar en una zona inestable donde cada gesto negocia con límites institucionales. La obra comienza a funcionar en múltiples niveles: una lectura superficial puede integrarse al discurso oficial, mientras otra introduce tensiones críticas más profundas.

En ello reside una de las singularidades de la generación de Volumen Uno: lo verdaderamente moderno no fue la adopción de lenguajes internacionales, sino la construcción de una inteligencia visual capaz de moverse entre vigilancia política, deseo de contemporaneidad y agotamiento simbólico sin perder complejidad.

El ISA no formó solo artistas contemporáneos, sino productores de ambigüedad crítica dentro de un sistema altamente regulado. Por ello ocupa un lugar decisivo en la historia cultural cubana: allí comenzó a gestarse una nueva relación entre arte, pensamiento y percepción que terminaría erosionando, desde dentro, las estructuras simbólicas de la revolución.

IV. Gerardo Mosquera y la construcción crítica del "nuevo arte cubano"

Ninguna transformación artística profunda se consolida históricamente sin producir simultáneamente los instrumentos críticos capaces de nombrarla e interpretarla. Volumen Uno no habría alcanzado su dimensión histórica sin la aparición paralela de un aparato intelectual capaz de leer la fractura como fenómeno estructural. En ese proceso, la figura de Gerardo Mosquera resulta central, no solo como crítico de arte, sino como operador teórico dentro de una reorganización más amplia del campo cultural cubano.

Su importancia no radica únicamente en identificar una nueva sensibilidad artística, sino en comprender que aquella generación no podía analizarse con las categorías tradicionales del aparato cultural revolucionario. El problema ya no era solo formal: se transformaba la relación entre arte, antropología, cuerpo, política, memoria e identidad cultural.

Hasta finales de los setenta, la crítica cubana estaba atrapada entre dos marcos relativamente rígidos: la lectura épico-revolucionaria de los sesenta, que subordinaba la obra a funciones pedagógicas y políticas, y ciertos restos del formalismo anterior a 1959, ya insuficientes para interpretar las operaciones conceptuales, rituales y antropológicas emergentes. La generación de Volumen Uno escapaba simultáneamente de ambos modelos.

Mosquera comprendió que el fenómeno exigía otra gramática crítica. De ahí la formulación de "nuevo arte cubano", que terminaría funcionando como categoría historiográfica de los años ochenta. Sin embargo, más que una etiqueta, fue un intento de construir un marco capaz de insertar la contemporaneidad cubana en debates internacionales sin borrar sus condiciones históricas específicas.

Este punto es decisivo: el problema de Volumen Uno no era simplemente actualizar el arte cubano respecto a Europa o Estados Unidos, sino producir contemporaneidad desde las condiciones del socialismo cubano.

Gerardo Mosquera en la 21ª Bienal de Arte Paiz, Guatemala (2018).
Gerardo Mosquera en la 21ª Bienal de Arte Paiz, Guatemala (2018).

Mosquera entendió que muchos artistas estaban desarrollando operaciones irreductibles a lo formal. El objeto artístico comenzaba a mezclarse con ritual, archivo, instalación, antropología y acción. La obra dejaba de ser representación para intervenir directamente en estructuras culturales y perceptivas.

Su crítica tuvo así una función doble: legitimó estos lenguajes dentro del campo cubano y, al mismo tiempo, creó condiciones para su circulación internacional. Aquí surge una tensión clave: la contemporaneidad cubana debía integrarse en lo global sin convertirse en derivación periférica.

Por ello, sus textos insisten en la especificidad histórica cubana. La religiosidad afrocubana, la teatralidad popular, la memoria colonial, la cultura urbana, el deterioro material y las contradicciones del socialismo no aparecen como elementos folclóricos, sino como componentes estructurales del nuevo arte cubano.

Este desplazamiento permitió una nueva lectura de la generación de Volumen Uno. El conceptualismo cubano no podía leerse como equivalente al norteamericano o europeo: surgía de relaciones distintas entre Estado, espacio público, vigilancia, precariedad y representación simbólica. La contemporaneidad cubana se define así como reorganización singular de influencias internacionales bajo condiciones históricas específicas.

"La contemporaneidad introducía inevitablemente ambigüedad perceptiva."

Mosquera percibió además el desplazamiento del imaginario revolucionario. La nación deja de ser una totalidad coherente y pasa a ser superposición conflictiva de memorias y sistemas culturales.

La religiosidad afrocubana adquiere aquí una función decisiva. Lejos de interpretaciones exotizantes o identitarias simplificadas, Mosquera entiende que estos recursos introducen un sistema epistemológico alternativo dentro de la visualidad cubana. Frente a la racionalidad monumental revolucionaria, el rito reorganiza la relación entre cuerpo, memoria e ისტორia.

No obstante, su posición fue también ambigua. Su trabajo se desarrollaba dentro de instituciones oficiales y debía negociar con límites políticos cambiantes. Ni artistas ni críticos operaban desde una exterioridad absoluta: existían zonas de apertura relativa y mecanismos estatales interesados en proyectar modernización cultural.

Esa apertura, sin embargo, era inestable. Por ello la crítica desarrolló estrategias de desplazamiento semántico. Muchos textos funcionaban en varios niveles simultáneos: legitimaban la contemporaneidad estética, dialogaban con el discurso internacional y, al mismo tiempo, introducían fisuras dentro del lenguaje cultural revolucionario.

Este equilibrio era delicado. El sistema necesitaba mostrar vitalidad cultural, pero esa apertura generaba discursos cada vez más difíciles de contener. La contemporaneidad introducía inevitablemente ambigüedad perceptiva.

Aquí se sitúa una paradoja central del período: la crítica que legitimó el nuevo arte cubano contribuyó también, de forma indirecta, a erosionar las estructuras perceptivas del sistema revolucionario. La contemporaneidad entró no solo como estilo o influencia internacional, sino como transformación en la forma de leer cuerpo, historia, memoria y poder.

La operación intelectual de Mosquera fue decisiva porque comprendió que la crítica debía abandonar categorías heroicas y pensar el arte como espacio de ambigüedad, desplazamiento simbólico y complejidad antropológica.

Por ello, su trabajo ocupa un lugar central en la historia cultural cubana: contribuyó a construir el lenguaje capaz de nombrar una fractura que el sistema revolucionario aún no terminaba de reconocer.

V. El cuerpo, el rito y la ruina: antropología visual en Volumen Uno

Uno de los desplazamientos más radicales de la generación de Volumen Uno fue la transformación del cuerpo dentro de la visualidad cubana. Hasta entonces, la representación artística revolucionaria había organizado el cuerpo como superficie estable de identificación política: trabajador, combatiente, sujeto productivo o figura heroica integrada en el proyecto colectivo. Incluso en búsquedas modernas complejas, el cuerpo seguía funcionando como emblema de legitimidad histórica. Volumen Uno fractura silenciosamente esa estabilidad.

El cuerpo deja de ser monumental. Pierde limpieza simbólica y comienza a erosionarse, fragmentarse y ritualizarse, contaminado por materiales pobres, residuos culturales, memoria colonial y signos religiosos. Ya no garantiza el relato revolucionario, sino que aparece como territorio vulnerable atravesado por historia, desgaste y tensiones antropológicas. 

La obra de Juan Francisco Elso es central para este desplazamiento. Sus figuras construidas con madera, barro, fibras vegetales y ensamblajes precarios desmontan la monumentalidad anterior. La materia se mantiene en estado de fragilidad permanente. El cuerpo aparece atravesado por sacrificio, erosión, espiritualidad y memoria colonial, sin estabilidad heroica ni permanencia simbólica.

"Por América (José Martí)" (1986), de Juan Francisco Elso.
"Por América (José Martí)" (1986) de Juan Francisco Elso.

Este giro modifica la relación entre temporalidad histórica y representación. Los artistas desplazan el centro simbólico de la nación desde la épica revolucionaria hacia temporalidades más extensas y conflictivas. Cuba deja de ser una totalidad política armónica y se muestra como superposición tensa de tiempos culturales.

La religiosidad afrocubana cumple aquí una función decisiva, pero no como retorno folclórico ni identidad superficial. Introduce otro sistema de conocimiento dentro de la cultura visual cubana. Frente al racionalismo pedagógico del discurso revolucionario, el rito reorganiza la relación entre cuerpo, historia y experiencia. 

Este desplazamiento tiene además una dimensión política. La revolución había organizado el imaginario nacional mediante una lógica histórica lineal: colonia, revolución, liberación y socialismo. La nueva generación introduce temporalidades inestables donde el pasado colonial irrumpe en el presente, la memoria africana interfiere en la racionalidad moderna y el cuerpo se convierte en archivo histórico conflictivo.

"Volumen Uno percibe un desgaste en la estructura simbólica del socialismo cubano."

La crítica internacional tendió a leer estas operaciones desde el exotismo caribeño o la diferencia cultural exportable. Sin embargo, dentro de Cuba el fenómeno era más complejo. El retorno del rito implicaba una fisura en el sistema epistemológico revolucionario: allí donde el Estado buscaba cuerpos transparentes y sujetos organizados, la nueva plástica introduce trance, opacidad, sacrificio y memoria ancestral.

La materialidad de las obras refuerza esta lógica. La precariedad se hace visible: madera corroída, telas pobres, metales oxidados y objetos reutilizados ocupan el centro del lenguaje artístico. La ruina entra en la obra, pero aún no como fetiche visual posterior del mercado global, sino como experiencia concreta de deterioro cotidiano.

Lo significativo es que esta estética de la erosión aparece antes del colapso económico de los años noventa. La generación de Volumen Uno percibe anticipadamente un desgaste en la estructura simbólica del socialismo cubano. El deterioro no es todavía catástrofe, pero sí signo visual de agotamiento histórico.

Este proceso afecta también la relación entre cuerpo y espacio. La ciudad entra en la obra: humedad, desgaste arquitectónico, precariedad urbana y residuos del socialismo tardío contaminan las superficies artísticas. La Habana deja de ser escenario para convertirse en cuerpo histórico deteriorado. El artista trabaja con restos físicos de una experiencia social.

En artistas como José Bedia, Ricardo Rodríguez Brey o Leandro Soto, el cuerpo ritualizado y la memoria antropológica funcionan como espacios híbridos. La identidad cubana deja de ser unidad estable y pasa a ser estructura conflictiva de sistemas culturales simultáneos.

La estructura de los mitos (1984) de Ricardo Rodríguez Brey.
La estructura de los mitos (1984) de Ricardo Rodríguez Brey.

El desplazamiento más decisivo es, sin embargo, la transformación del cuerpo dentro de la obra. Ya no es solo representado: se convierte en espacio de intervención crítica. Performance, acción corporal, ritual y teatralización simbólica redefinen la relación entre espectador y objeto artístico.

Este punto es clave en el contexto cubano, donde el socialismo había producido una fuerte teatralización de la vida cotidiana mediante actos públicos, consignas y pedagogías visuales. La nueva generación desmonta esa teatralidad desde dentro utilizando cuerpo, rito e ironía como herramientas críticas.

Aquí reside una singularidad de Volumen Uno. Mientras el conceptualismo internacional avanzaba hacia la desmaterialización, muchos artistas cubanos intensifican la presencia del cuerpo, la materia y el residuo histórico. La contemporaneidad cubana no surge como desaparición de lo material, sino como reorganización crítica de sus restos.

Por ello estas obras conservan una densidad persistente. No hablan solo de arte contemporáneo, sino de un sistema político que comenzaba a agrietarse desde sus propias estructuras perceptivas. El cuerpo erosionado y fragmentario de los ochenta es también el cuerpo fatigado de una utopía histórica que empieza a perder capacidad de organización simbólica.

VI. La ironía, el juego y la infiltración: desmontar el lenguaje revolucionario desde dentro

Si la religiosidad, el cuerpo y la antropología permitieron introducir zonas alternativas de percepción en la cultura visual cubana, la ironía constituyó el mecanismo crítico más sofisticado de la generación de Volumen Uno. Allí donde la confrontación frontal era fácilmente identificable y neutralizable, el humor, la ambigüedad y el desplazamiento semántico permitieron operar dentro del lenguaje del sistema mientras lo erosionaban desde dentro.

El humor deja de ser irreverencia generacional y se convierte en tecnología crítica. La ironía introduce ambigüedad en un sistema que dependía de interpretaciones estables. Frente a la claridad ideológica y la monumentalidad simbólica, la nueva generación introduce opacidad, doble lectura, juego y contaminación visual.

La obra de Flavio Garciandía resulta central. Su trabajo no se limita a una estética pop tropical, sino que desmonta las jerarquías culturales del sistema artístico cubano. El kitsch, la cultura popular, el mal gusto deliberado y la decoración cotidiana irrumpen como herramientas de desestabilización simbólica.

Flavio Garciandía.
Flavio Garciandía.

Esto no es una celebración superficial de lo popular, sino una erosión de la solemnidad revolucionaria. El sistema había construido su legitimidad visual sobre gravedad histórica, heroísmo y monumentalidad moral. La nueva generación introduce juego donde el sistema exige solemnidad, y ese juego resulta profundamente corrosivo en un contexto altamente disciplinado.

La ironía produce distancia crítica y desorganiza la obediencia del signo político. La risa introduce fisuras en el respeto institucionalizado. Lo que debía ser natural y permanente se vuelve inestable. Pequeños desplazamientos en los signos revolucionarios bastan para revelar su fragilidad.

Este mecanismo se amplía mediante apropiaciones, citas desplazadas y estrategias paródicas sobre el lenguaje visual oficial. La iconografía revolucionaria pierde estabilidad: el héroe puede volverse actor, la consigna sonar mecánica, el ritual aparecer como coreografía repetitiva.

"Los artistas comprenden que el poder revolucionario es también un sistema visual y performativo."

La cultura popular cubana es decisiva en este proceso. La generación incorpora la inteligencia del doble sentido, el comentario lateral y la ambigüedad verbal como estrategias de supervivencia simbólica. Esta tradición popular de desplazamiento frente a la autoridad se transforma en herramienta visual.

Por ello, muchas obras de Volumen Uno funcionan simultáneamente como comentario antropológico y crítica política. El artista no observa la revolución desde fuera, sino desde dentro de su propia teatralidad, donde consignas y rituales colectivos continúan reproduciéndose mientras pierden intensidad.

Este punto evita una lectura simplista del arte de los ochenta como exclusivamente solemne o trágico. Una parte importante de la generación trabaja desde el juego y el desplazamiento lúdico. Sin embargo, ese juego nunca es inocente: funciona como síntoma de agotamiento histórico. La repetición de signos políticos genera saturación y convierte el lenguaje revolucionario en una forma involuntaria de teatralidad.

Los artistas comprenden que el poder revolucionario es también un sistema visual y performativo. La crítica debía actuar no solo sobre contenidos, sino sobre las formas de percepción construidas por décadas de pedagogía ideológica.

"Cuchillo de palo". De la serie "Refranes" (1985), de Flavio Garciandía.
"Cuchillo de palo". De la serie "Refranes" (1985), de Flavio Garciandía.

La obra deja de representar la realidad social y pasa a intervenir en sus mecanismos simbólicos. El espectador ya no recibe un mensaje estable, sino que se enfrenta a una inestabilidad perceptiva: lo familiar se vuelve extraño, el signo pierde transparencia y el lenguaje muestra grietas internas.

La generación de Volumen Uno aprende así a operar en una economía de insinuación. Muchas obras funcionan en varios niveles: una lectura superficial es absorbida por el discurso institucional, mientras otra introduce tensiones críticas más profundas. La obra empieza a funcionar en doble frecuencia.

Lo que esta generación desmonta no son solo imágenes políticas, sino el sistema perceptivo que permitió a la revolución organizar visualmente la realidad cubana durante décadas. Y lo hace mediante su herramienta más corrosiva dentro de cualquier sistema solemne: el juego.

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Virginia Ramírez Abreu

Virginia Ramírez Abreu

(La Habana, 1971) es Doctora en Historia, Historia del Arte y de la Música por la Universidad de Santiago de Compostela; experta en Arte Contemporáneo y de Género, investigadora y Profesora Titular de Antropología de la Cultura e Historia del Arte en la Escuela Superior de Artes Cinematográficas de Galicia. Ha escrito y producido más de cincuenta audiovisuales, ha realizado numerosos proyectos curatoriales, conferencias, programas radiales, trabajos educativos comunitarios e impartido cursos en universidades españolas. Textos suyos han aparecido en IN-CUBADORA, Hypermedia, Libélula vaga, revista Nagari, Letralia, Otro Lunes, Linden Lane Magazine, entre otras, y la editorial Verbum. Reside desde 1994 en la ciudad de Vigo, en Galicia, España.

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